Las pesadillescas huellas de la trágica experiencia dictatorial
En «La costa ciega», el periodista y escritor Carlos María Domínguez construye una claustrofóbica novela de ficción, que retrata las agobiantes angustias de seres estigmatizados por las dictaduras genocidas que asolaron a la región.
El autor argentino, que desde hace más de veinte años está radicado en Uruguay, ha desarrollado una prolífica carrera periodística, tanto en nuestro país como en la vecina orilla.
Su recordada novela «La casa de papel», que es una suerte de alegoría y homenaje a la creación literaria, obtuvo el Premio Lolita Rubial, entre otros galardones.
Domínguez publicó, entre otros títulos, las novelas «El pozo de Vargas» (1985), «Bicicletas negras» (1991), «La mujer hablada» (1995) y «Tres muescas en mi carabina» (2002).
En el género biográfico, recreó la vida de Roberto de las Carreras en «El bastardo» (1997), indagó en la obra y personalidad de Juan Carlos Onetti en «Construcción de la noche» (1993) y evocó a Tola Invernizzi, en «La rebelión de la ternura» (2001).
También incursionó en la investigación, en recordados títulos como «Delitos de amores crueles» (2001), «Escritos en el agua» (2002), «El norte profundo» (2004) y «Las puerta de la tierra» (2007).
En «La costa ciega», el talentoso escritor construye un sólido relato de ficción testimonial, que indaga en los traumáticos laberintos de nuestro pasado reciente.
Aunque esta no es una novela histórica, sí es una suerte de ensayo sobre el miedo y la represión, que transita los territorios del silencio, la mentira y la culpa.
De algún modo, todos los personajes son seres agobiados y atrapados por un destino aciago, que ocultan celosamente sus secretos y sus angustias existenciales.
La narración, que se desarrolla alternadamente en locaciones uruguayas y en Buenos Aires, se inicia con la explícita imagen de un paisaje invernal en la costa oceánica rochense.
Allí, en un parador casi desierto, una atribulada joven bastante desaliñada, de pelo teñido, botas y minifalda asciende al desvencijado Chevrolet de un hombre maduro y retraído, con el propósito de ser trasladada a Valizas.
Nadie sabe de dónde vienen y dónde van. Sin embargo, ambos cargan sobre sí con un pasado perverso y turbulento, que les induce a huir y aislarse de la sociedad.
Esas tragedias ocultas y jamás explicitadas, que remiten a los años más oscuros de Uruguay y Argentina, laceran y devastan sus atormentadas almas.
Los dos se dirigen a los abandonados ranchos de Las Malvinas, una playa que está a medio camino entre Valizas y Aguas Dulces, a la que se llega a pie y que carece incluso de luz eléctrica.
En pleno invierno, nadie osaría racionalmente visitar esos desolados parajes geográficos, salvo que esté huyendo de algo que lo martiriza.
Esta historia radical, en la cual siempre se acentúa la distancia entre lo que es y lo que no es, está poblada de seres enigmáticos, de orígenes y destinos inciertos.
Los protagonistas centrales del relato, que comparten la aventura de huir hacia la nada en medio de ese paisaje gélido, lluvioso y solitario, son Arturo, un jardinero que trabaja en la quinta de un inglés maniático que vive encerrado en Palmira junto a su esposa y sus dos hijas, y esa desgreñada joven que se hace llamar Camboya.
Ambos guardan secretos que se remiten a un pasado tormentoso, que los relaciona directa o indirectamente- a las dictaduras que asolaron a Uruguay y Argentina en la segunda mitad del siglo pasado.
De algún modo, los dos son víctimas y sobrevivientes de esas tragedias colectivas. Mientras él experimenta el dolor de la pérdida y de una vida de exilios compulsivos, ella carga sobre sus espaldas con dramas familiares.
Al igual que miles de uruguayos y argentinos víctimas del terrorismo de Estado, también Arturo y Camboya son, a su modo, dos desaparecidos.
El hombre, que en su momento asumió compromisos políticos que pusieron en peligro su vida y que contemporáneamente cultiva un amor imposible, es una suerte de marginado.
También lo es la joven Camboya, que huyó de su casa con un embarazo no deseado, luego de renunciar a su empleo, a su familia y a sus más lacerantes recuerdos y vivencias.
En esta obra, Carlos María Domínguez trabaja a partir de los claroscuros de los afectos rotos, las verdades enmascaradas y los secretos enmudecidos por un dolor perdurable.
Apelando al recurso de un narrador, el autor entrelaza las peripecias humanas de los personajes de esta historia de seres infelices y vidas terriblemente clausuradas.
Bajo esa perversa lápida de silencios cómplices, subyacen todas las tragedias humanas devenidas del autoritarismo liberticida que asoló al Río de la Plata: la represión, la cárcel, la tortura, el exterminio de opositores políticos y hasta la venta de hijos de desaparecidos.
También afloran como presencias dominantes el amor, el desamor, el engaño, la infidelidad conyugal y la demencia de una desafortunada joven que ignora su verdadero origen.
«La costa ciega» es un catálogo de encuentros y desencuentros, de rencores, de culpas, de afectos fracturados por la indiferencia y la prepotencia y de secretos jamás confesados.
De algún modo, todos los personajes huyen de algo: Arturo de su pasado, Camboya de su presente y el enigmático inglés que se refugia en Palmira junto a su reprimida familia, de la mentira.
Carlos María Domínguez construye una aventura de víctimas y victimarios, que remite a los efectos residuales de los gobiernos autoritarios que devastaron a nuestro Uruguay y a la hermana Argentina.
Aunque todos los personajes son de ficción, comparten la misma aventura trágica de miles de seres humanos reales que, aunque sobrevivieron al terrorismo de Estado, quedaron horrendamente tatuados por el estigma de la barbarie.
Carlos María Domínguez desarrolla varios relatos simultáneos, que se bifurcan y entrecruzan sucesivamente hasta fundirse en una matriz argumental común.
Esta es una novela de búsquedas estériles y de felicidades terriblemente truncadas por la tragedia de un tiempo de violencia y de intolerancia política.
Los protagonistas de la narración son seres irredentos, que cargan sobre sus espaldas con los fantasmas de un pasado oscuro y de un presente bastante desencantado y nada auspicioso.
Viven presos de sus propios miedos, sus angustias y de la agobiante incertidumbre de no saber que les deparará el destino. Nada ven en su horizonte vivencial, que es tan desolado como ese día gélido y lluvioso en la desértica Valizas invernal.
En esta novela que entreteje ficción con realidad, Carlos María Domínguez corrobora nuevamente su intrínseca sabiduría narrativa y su indudable talento para retratar conductas humanas.
La recurrente utilización de explícitas metáforas e imágenes literarias de singular contundencia, potencia los decibeles de un drama que conmueve y remueve.
En ese contexto, el autor extrapola la propia hostilidad del paisaje oceánico azotado por las inclemencias ambientales con la densa oscuridad de personajes atribulados y paralizados por sus propios miedos y culpas.
«La costa ciega» es una novela de un plausible vuelo poético, que reflexiona sobre las conductas humanas sometidas a situaciones límites, los fantasmas subyacentes y las más terribles consecuencias del autoritarismo liberticida que asoló a nuestro continente en la segunda mitad del siglo pasado.
(Edición de Mondadori)
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