Estreno. Un cruce de historias al borde o dentro del delirio

"La paranoia", de Spregelburd, en el Solís

No es el caso de Spregelburd, que siempre se expresa en buen castellano y con admirables claridad y sinceridad.

«La paranoia» ­dice­ de Rafael Spregelburd se preestrenó como «work in progress» el 11 de setiembre de 2007 en el Centro Cultural de la Cooperación. El estreno definitivo de la obra tuvo lugar el 26 de abril de 2008 en el Complejo Cultural Cine Teatro 25 de Mayo. Este texto se inició en 2005 en el marco de la beca de la Akademie Schloss Solitude, Stuttgart. Obtuvo el premio Casa de las Américas, La Habana, 2007.

La beca en residencia de la Akademie Schloss Solitude brinda alojamiento y mil euros por mes. Pero hay que escribir, seguramente en no más de un año. No es forzoso que sea una obra definitiva, sino algo a cultivar, a rediseñar, a trabajar. Alcanza con un «work in progress», que significa un punto de partida, un esbozo, un primer borrador de un proyecto, a menudo un proyecto artístico.

Estrenada como «work in progress» en 2007 en Buenos Aires, Spregelburd envía la obra al concurso de Casa de las Américas de ese año, y lo gana. No podemos demostrarlo; imaginamos que allí se le coaguló la obra. El premio fue como el «vernissage» para los cuadros de un pintor. El proyecto se presentó en sociedad; por tanto, era la obra definitiva. Le dio a «La paranoia» su forma definitiva. A veces nuestras obras mejoran, o empeoran, por azar. Eso lo sabe Spregelburd; y debe haber admitido que la realidad añadió un «toque Spregelburd» a la historia, con la paradoja de que «La paranoia» fue concluida, no por él y su equipo, sino por un jurado de literatos cubanos.

Nos basamos, para esta conjetura en nuestro conocimiento de «La estupidez», obra que vimos en El portón de Sánchez en Buenos Aires y que duraba cuatro horas ­»La paranoia» es un poco más breve­ y donde también actuaban Mónica Raiola, Andrea Garrote y el mismo Spregelburd, que también dirigía. El mismo equipo, con el que el autor, sin duda, se siente muy a gusto. «La estupidez», que es sumamente divertida pese a su extensión, mostraba una obra redonda, un arte refinado, una invención continua, un interés que nunca decaía y sobre todo unas escenas magistralmente combinadas, donde el todo rimaba con las partes. No había, como hay en «La paranoia», baches. Tenemos la convicción de que vimos a «La estupidez» cuando su «work in progress» había finiquitado; a tal punto que al ver ahora «La paranoia», al transitar varias reiteraciones inútiles y parlamentos que poco dicen, no pudimos menos de imaginar lo que nos produjo un gran placer de la mente, una «La paranoia» concluida, ordenada, con ritmo, con equilibrio de partes, con supresión de algunas esquirlas, cepillada y pulida. Es la obra que no fue, la obra que hubiéramos deseado ver y que Spregelburd hubiera podido realizar.

Pero la crítica no puede atenerse a proyectos o intenciones, sino a lo que sucedió en el escenario. Vimos muchos méritos. Hay un cruce de historias al borde o dentro del delirio: digamos, como ejemplo, que hay una revuelta en un submarino, una ópera china, una inquietante trama policial en Venezuela, donde el Estado financia en secreto cirugías para las Miss Venezuela, todo ello apremiados los protagonistas por alienígenas que exigen ficciones.

La mente enciclopédica de Spregelburd nos hacía pensar en mil imágenes que acudían a «La paranoia» como mariposas a la luz. Por momentos veíamos a Quentin Tarantino, otras veces a Almodóvar, otras veces filmes chinos de terror; era imposible no pensar en el inspector Clouseau cuando teníamos en la pantalla al chambón detective John Jairo Lázaro; y fueron una diversión tan excitante como original las escenas compuestas, fruto de una labor difícil y paciente, con un diluvio de modismos venezolanos, cuyo extrañeza descifrábamos, sin embargo, con la ayuda de los gestos y las inflexiones de la voz. Pero eran la muestra del ingenio combinatorio del autor, de su fantástica memoria, de su espíritu despierto. Hay un mundo Spregelburd, que tiene sus habitantes naturales y sus fanáticos; nosotros vemos en él el universo de una hiperlógica, no de una fuerza vital creadora. Hay en «La paranoia» 37 personajes; ninguno de ellos podría integrar una nueva Comedia Humana. La invención del autor se centra en anécdotas, sueños, abstracciones, veleidades, y su reino suele contener objetos chispeantes. Nos ha mostrado piedras preciosas, recogidas casi por azar; pero hubiéramos preferido una obra de orfebrería terminada.

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