Aristarain en el Cine Pocitos
Además del mérito intrínseco de la obra de Aristarain hay una razón extra para el ciclo: el propio autor ha donado a la Cinemateca Uruguaya dos de sus filmes («Lugares comunes» y «Roma»), lo que corresponde agradecer debidamente, y llegará a Montevideo en el fin de semana (20 y 21 de febrero) para presentar su obra y dialogar con la gente.
Alguien definió al argentino Aristarain, con ironía pero sin injusticia, como el mejor o, en todo caso, uno de los mejores directores norteamericanos contemporáneos. Es ciertamente un dato que el cine estadounidense ha incidido decisivamente en su carrera, lo que se expresa en la tendencia a un lenguaje funcional y antirretórico, con personajes que se definen a través de la acción, un diálogo económico, una confianza simultánea en las posibilidades expresivas de la imagen y la capacidad del espectador para entenderlas. Cierto espíritu anárquico y una testarudez muy vasca corren por detrás de ese dominio de la herramienta audiovisual, y en algún momento por lo menos aportaron un elemento adicional de interés a su cine: no es poca cosa que en años de dictadura Aristarain se haya negado al triunfalismo y aportado elementos de ambigüedad, grisura y espíritu crítico que no estaban bien vistos, por decir lo menos.
Conviene saber que Adolfo Aristarain nació en Buenos Aires en 1943, que fue ayudante de dirección de diversos filmes de Julio Saraceni, Román Viñoly Barreto, Emilio Vieyra y Enrique Cahen Salaberry, y que llegó a Europa en 1968, pasando a trabajar como asistente de dirección o director de segunda unidad de producciones internacionales de Mario Camus, Sergio Leone, Lewis Gilbert y Robert Parrish. De vuelta a Argentina (1974) trabajó junto a Daniel Tinayre, Juan José Jusid, Sergio Renán y otros, antes de debutar como director con «La parte del león» (1978), un brillante ejercicio de cine policial que homenajeaba muy conscientemente a toda una tradición de cine negro.
Tras un par de compromisos comerciales («La playa del amor», 1979; «La discoteca del amor», 1980), Aristarain confirmó un pulso de narrador en «Tiempo de revancha» (1981), que deslizaba algunos comentarios sociales en medio de su historia de sindicalismo, estafa y final recuperación de la dignidad.
De inmediato volvió al cine negro con «Ultimos días de la víctima» (1982).
De vuelta a Europa filmó en España los ocho capítulos de la serie de televisión «Pepe Carvalho» (que estaba muy bien hecha pese a opinión contraria del escritor Vázquez Montalbán, autor de los libros originales) y más tarde saltó a Estados Unidos, donde dirigió «Deadly», un policial que no lo dejó satisfecho. Mucho más personal fue «Un lugar en el mundo» (1992), que combinó las preferencias de Aristarain por el cine de géneros, un vuelco reflexivo sobre el reciente pasado argentino y una exploración de conflictos generacionales que de alguna manera preanuncian sus posteriores «Martín Hache» y «Roma».
«Quiero hacer una mezcla de ‘Qué verde era mi valle’ con ‘El desconocido'», declaró en su momento el director con respecto a «Un lugar en el mundo». Otras veces ha recordado que mientras sus compañeros de cine club veían a Godard o Antonioni, él se escapaba para ver «La brigada de los valientes» (A distant trumpet, 1964), de Raoul Walsh, lo que puede explicar cuánto hay de walshiano en una aventura como «La ley de la frontera» (1995). El ciclo que va en ECU Pocitos no es completo, pero reúne una selección bastante representativa de la obra del autor.
Compartí tu opinión con toda la comunidad