La terrible locura de la guerra
En realidad, para algunos combatientes en este caso un especialista en desmantelar bombas dicha actividad marca su sentido existencial y, más allá del enfrentamiento bélico en Irak que la película contextualiza, el verdadero eje temático del filme concentra dichos estados alterados en medio de la masacre.
Cabe señalar que la película no trata de convertirse en un largometraje que intente deslizar un perfil contestatario y/o «políticamente correcto» como alegato antibelicista. Antes que nada «Vivir al límite» es el registro descarnado y casi documental de un grupo básico de soldados que cuentan los días para volver a casa vivitos y coleando. En el relato, la muerte de un técnico desactivador de explosivos impone la necesaria suplencia del fallecido en acción por otro guerrero profesional que impresiona como un osado kamikaze desde el principio. Este es el punto de partida que la directora Kathiryn Bigelow toma como factor detonante (hablando de explosivos) y centro medular de su narración. A puro nervio, como si el cameraman fuera un corresponsal de guerra recorriendo territorio enemigo, la proyección va radiografiando palmo a palmo un mundo descuartizado por la batalla, a la vez que toma nota del perfil psicológico de esos hombres que arriesgan su vida en tierra de nadie. No hay maquillaje ni plataformas ideológicas que contaminen el discurso cinematográfico sino una recopilación de hechos donde el espectador se convierte en testigo de todos los rincones tenebrosos que oculta el combate. Una truculencia que inevitablemente afecta a sus protagonistas, no sólo en la catarsis explosiva del alcohol -que Bigelow expone magistralmente- sino también en la desesperada inercia que los soldados experimentan en su vida civil. Mientras tanto, el descarnado rostro de la carnicería se muestra de manera tan fría como intensa: cuerpos despedazados, explosiones registradas en una lentísima cámara que parece ir pausando fotogramas y los rostros sudorosos de los personajes que transmiten la tensión del momento a la platea. Dicho voltaje marca un ritmo crudo y vigoroso. Hay mínimas intermitencias y algunas variables (una especie de fallido acto justiciero que termina en nada) que, en realidad, van potenciando el núcleo central de la trama: la locura de la guerra como terrible manifestación de la naturaleza humana. Una instancia donde todos, de alguna manera, son víctimas y victimarios a la vez. Una demencia que deja cicatrices tanto en el cuerpo como en el alma y que esta respetable cineasta logra testimoniar en el estado puro de la brutalidad. Lo admirable es que lo hace con una gélida objetividad, un detalle que convierte a «Vivir al límite» en una experiencia perturbadora. Tiene nueve nominaciones al Oscar y, sin lugar a dudas, merece llevarse alguna estatuilla aunque compita con la mega-producción «Avatar» de James Cameron, su ex pareja. Sería un acto de justicia aunque, en Hollywood nunca se sabe. ¿Será que la era Obama (reciente Premio Nobel de la Paz) pueda inclinar la balanza? Veremos.
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