Lutherapia: artesanos trabajando
Uno se pregunta si acaso no era risible esa hipocresía de premio, en el sentido de distinción u honor, en lo que es una máquina publicitaria a toda velocidad. Pero Les Luthiers no parecieron ver nada de esto: se conformaron con el chisme obvio y sostuvieron que los premios «Mastropiero» estaban digitados, de modo que siempre ganaba el hijo del dueño del canal. Los Luthiers de 1980 eran los mismos en 2004 y la desdichada decisión de recurrir a la «colaboración creativa» de nadie menos que Fontanarrosa reveló que la comicidad propia estaba prácticamente agotada.
En «Lutherapia» hay un par de buenas ideas que pudieron y debieron llevar a un gran éxito cómico. La primera era la sátira a los viejos psiquiatras del diván, hoy sustituidos sin perjuicio ni beneficio por los medicamentos antidepresivos. Hay algo envejecido, y mal envejecido, en los estereotipos interpretativos que atravesaron, hasta hace no mucho tiempo, las conversaciones más triviales de nuestra sociedad. «No nos entendemos porque vos no has cortado todavía el cordón umbilical», «…en realidad vos estás enamorada de tu padre», etcétera. Un doctor Arango, al que siguió de cerca Alberto Restuccia en un espectáculoconferencia, escribió un libro de psicoanálisis sobre las «malas palabras», donde llegó a la sorprendente conclusión de que quien habla con palabrotas está intentando un incesto. ¡Cuántos incestos después de un domingo en la Tribuna Olímpica! El segundo tema, que también se insinúa con claridad y se desarrolla mal, es el de la jerga semiculta de los «investigadores», con esos estudios que nadie lee y que, editados por Osvaldo Pelletieri, deben tener una cita de Castoriadis o Foucault antes de la página 5. Aquí Rabinovich debe analizarse con Mundstock porque se le asignó uno de esos temas, cuyo solo título, esotérico e imposible de recordar, espanta, sobre la obra de Mastropiero. Daba para mucho, pero la idea se malgastó en retruécanos, calembours, juegos de palabras y la presencia de nuevos instrumentos musicales, cada vez más complejos, cada vez de ejecución más admirable. Fue siempre su punto fuerte; pero el espectador de Les Luthiers, que ha visto cosas más extravagantes ya, apenas se inmuta.
A pesar de la evidente desidia en el desarrollo de buenos temas que apenas se entrevén, Les Luthiers se lleva nuestro respeto. Hay seriedad profesional, dedicación y trabajo; quizá se nota por demás la aplicación a la tarea, la búsqueda, un tanto penosa, de chistes y situaciones. Hay lo que siempre ocurre en estos casos: no se pudo evitar la monotonía, la uniformidad de formatos, la falta absoluta de toda sorpresa, de todo rasgo de humor fresco y espontáneo.
La luz roja dejó paso a una luz blanca. Hay vida y luz en «Lutherapia»; pero podría asemejarse a esa luz sideral que nos llega, a través de los siglos, cuando la estrella ya se ha apagado.
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