Pericas, en el teatro Circular de Montevideo
En el teatro la dialéctica dominante-dominado, con sus finales donde todo es al revés, ha servido de pretexto a mil y una piezas. A ellas pertenece «La Cenicienta» y ahora «Pericas» del escritor cubano Nicolás Dorr; sírvale de excusa para tan poca originalidad la circunstancia de que escribió la obra, cuyo verdadero título es «Las Pericas», a los 14 años.
Tres hermanas soberbias acosan y humillan a una cuarta, cuyo único hijo, Armandito, vive en un asentamiento y es sospechado de ladrón. Hay diversos matices en la prepotencia de las tres hermanas malas: en algún caso (Panchita, por Carlos Sorriba) estamos en la paranoia, en otro (Felina, por Nelson Castillo) tenemos una indiferencia casi filosófica y no menos desagradable. De a poco el tono sube y el clan de las superiores reclama la supresión de Armandito. Una mano, adicta o casual, suprime a Armandito. La pobre Cenicienta, la sometida, la vejada, la menospreciada… el desenlace ya lo habrá adivinado el lector.
La escritura es pulida, evidentemente sopesada y corregida para bien, la elemental acción tiene claridad y se sigue con interés. La puesta en escena de Leonel Dárdano tiene los méritos del virtuoso director, que llamaríamos clásicos: sobriedad, habilidad para el despliegue de contrastes, tanto en el diálogo como en la escenografía e iluminación, buena marcación de interpretaciones, ritmo sostenido; no sabemos si no es una imposición del autor, pero que las cuatro mujeres sean interpretadas por cuatro hombres (secuela de la horrenda Orquesta de señoritas sólo agrega una sombra irrelevante de rareza. El espectáculo mereció nuestros aplausos; pero tenemos la certeza de que el teatro Eslabón puede más y mejor.
P.S. ¿Por qué esa manía, puramente uruguaya, de suprimir los artículos determinantes? «Tres hermanas», por «Las tres hermanas», «Troyanas» por «Las troyanas», aquí «Pericas» por «Las pericas».
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