Autor. El argentino Rafael Spregelburd llega hoy a Montevideo

En el Solís estrenan "La paranoia"

La puesta en escena no apta para menores de 18 años, está ambientada en un futuro muy lejano y nunca precisado con certeza, presentando una estructura de cajas chinas, donde una historia parece contener a otra y ésta a la siguiente.

Un grupo de humanos es responsable de un proyecto de extrema gravedad para el destino de la humanidad. Las relaciones con inciertas culturas alienígenas (referidas en la obra simplemente como las inteligencias) han pasado por varios períodos de inestabilidad, y en el momento a que se refiere la obra, el tiempo apremia. Las buenas relaciones y con ellas la supervivencia del planeta están garantizadas por un simple pacto: las inteligencias nos necesitan porque consumen ávida y golosamente un producto que sólo la Tierra parece producir, dentro del vasto cosmos: la ficción.

Operaciones Especiales ha formado un grupo de élite para seguir alimentando con ficción a las inteligencias. Pero este grupo ha llegado a algunas contradicciones insolubles: el gusto alienígena es más bien misterioso, y las instrucciones que han recibido sobre el tipo de narración que les gustaría consumir son incompatibles entre sí, a la vez que muy precisas: se trata de ficción, sí, de elementos imaginados agregados a la realidad, pero a su vez la evolución del gusto ha llegado a extraños refinamientos: no reconocen personajes en tanto no comprenden el concepto de yo, sino sólo el de nosotros; no aceptan estilo; no aceptan jerarquías: no quieren que se les muestre lo importante por sobre lo irrelevante; no debe haber identificación ni reconocimiento de lo que ya es conocido; y a su vez y esto es quizás lo peor, el producto tiene que ser para muchos. No sirve si son sólo algunos los que van a gustar de él.

La obra es entonces un sinuoso recorrido por diversos intentos narrativos que el grupo genera para satisfacer estas leyes desquiciadas. Las inteligencias, que pueden hacer de todo excepto imaginar lo que no existe, necesitan de estas ficciones tanto como el hombre de la Edad Media que quería sus especias y se lanzó a descubrir otros horizontes. Se trata de complacer el gusto de unos consumidores muy erráticos, absolutamente hipotéticos, y que muy probablemente se hayan extinguido hace milenios. En la distancia atroz del cosmos, el tiempo tiene valores apenas comprensibles para los humanos.

El grupo está integrado por Julia Gay Morrison (una escritora de carácter que ha conocido pasadas famas y que ha terminado plagiándose a sí misma para poder vender mejor), Claus (un astronauta retirado que le teme a casi todo), Hagen (un matemático especulativo que no sabe sumar ni restar), Beatriz (un robot que ignora que lo es, una máquina en desuso, no muy bien diseñada, que recicla intermitentemente siempre el mismo drama familiar), y el coronel Brindisi (un militar honesto, aplicado y en extremo serio, que es enviado a poner castrense orden a tanta disquisición literaria). Todos ellos intentan ­en la medida de sus posibilidades­ desentrañar los misterios del Sefaratón, una extraña serie de instrucciones combinatorias, una presunta obra clásica de las inteligencias, una suerte de Aleph de acrílico que da bastante poco de sí.

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