UNA HISTORIA CONFLICTIVA

La Berlinale, creado hace 60 años en un contexto de Guerra Fría, ha sido con frecuencia un campo de batallas políticas.

En el momento de su creación, Berlín estaba aún en ruinas, pero seguía siendo «un poderoso símbolo para Occidente», recalcó el actual director del Festival, Dieter Kosslick.

Durante su primera edición, Alemania Occidental contaba con dos millones de desempleados, y miles de berlineses vivían aún en precarias viviendas, cuenta Peter Cowie en su libro «The Berlinale – The Festival», que acaba de ser publicado.

Un festival internacional de cine ofrecía a los estadounidenses un medio para adoctrinar a los alemanes y crear una «vitrina del mundo libre».

Se trataba también de establecer una cabeza de puente cultural en Berlín Oeste, ya que la ciudad dividida se había convertido en el símbolo del conflicto con los soviéticos.

El filme con el que se inauguró la primera Berlinale fue «Rebecca», de Alfred Hitchcock, que había salido en 1940, pero que los alemanes no habían podido ver.

Después de que una serie de películas hollywoodienses, con sus respectivas estrellas, le aportara prestigio, calidad, gracia y frivolidad, la Berlinale obtuvo, cinco años más tarde, el estatuto «A» de la Federación Internacional de Asociaciones de productores de filmes, lo que la izó al rango de festivales internacionales como Cannes y Venecia.

Los primeros Osos de Oro fueron para películas norteamericanas y británicas y habría que esperar hasta 1958 para que el jurado otorgara su más alta distinción a un filme europeo: «Las fresas salvajes», de Ingmar Bergman.

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