Impecable Ricardo Arjona en Punta del Este

Una estética del desamor

Raúl Forlán Lamarque

 

Con una puesta en escena formidable y un equipo de músicos tremendos en su virtuosismo y versatilidad, el cantante y compositor Ricardo Arjona dio en Punta del Este un concierto que tuvo momentos realmente regocijantes. Regocijado se sintió el multitudinario público que coreó cada una de sus canciones. El show debió pasar por Montevideo.

En el Café La Conquista todo parece funcionar a la perfección. Un barman con su barra, sus bebidas y sus candelabros, pool y televisión, dos inmensas pantallas de video y lámparas, luminosos y mesas: es el lugar donde esa banda que apareció abruptamente trabaja construcciones jazzísticas con una convicción aplastante.

Todo opera con una solvencia impar: el piano, la sección de cuerdas (guitarra y bajo) y la brillante sección de vientos y de percusión. Espléndida, cálida y acogedora puesta en escena para un show de ribetes por momentos excepcionales.

Hasta que aparece ese individuo que se monta a una suerte de rocanrol, como para otorgarle tensión al asunto y el público, que colmó las instalaciones del Hotel Conrad, literalmente delira (en particular el femenino que gritará piropos fuertes durante todo el transcurso del concierto) con este Ricardo Arjona de vestimenta oscura, de amplia, aguda comunicatividad con sus enfervorizados receptores. El planteo de Arjona, ciertamente, no ofrece novedades. Pero habrá que decir que su proyecto cancionístico, si hablamos de cierta zona latina de la creación, está muy por encima de Ricky Martin o Luis Miguel, por ejemplo.

Hay un bagaje cultural que defiende la postura de Arjona: en primer término, porque sabe rodearse de técnicos de valía (para elaborar tal vez una de las mejores escenografías de los últimos tiempos) y a la vez, potenciar sus historias rotas, de estirpe amorosa con un grupo de músicos cubanos, mexicanos y portorriqueños realmente avasallantes con arreglos de alto grado de refinamiento y de expresividad que pueden transcurrir con la mayor naturalidad del pop a la salsa o a inflexiones melódicas sin caer en la melosidad y en lo empalagoso.

Arjona, por lo demás, sabe defender sus textos en el modo sensible en que los presenta, apelando al buen humor o a una pizca de ironía. Y muchos de ellos habrá que convenir tienen su flexión poética. Es un trabajador de las palabras que posee en la mayoría de los casos aciertos parciales y caídas en convencionalismos, pero también hay una secuencia de temas redonditos en su concepción y su desarrollo.

Apalabrando de manera confesional sus historias, básicamente de desamor –de una paleta baja que ronda las formas de la ausencia–, fueron convincentes y el combo en pleno funcionamiento (el saxofonista cubano es una maravilla) elevó y ennobleció las gratas potencialidades vocales de Arjona. El cantautor apenas si se desplazó sobre el escenario/snack bar, pero le bastó para levantar en vilo a su audiencia, logrando climas envolventes –excelente trabajo de contrastes a partir de los spots–. En consecuencia un concierto impresionante.

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