UN SABIO ICONOCLASTA

Desde tiempos inmemoriales, la religión ha operado como una herramienta de interpretación de la historia y de los fenómenos naturales sin aparente explicación científica, capaz de mitigar las inevitables incertidumbres y angustias existenciales.

No obstante, también ha sido un instrumento de manipulación colectiva, con el propósito de dominar, sojuzgar y gobernar voluntades, casi siempre funcional al poder político y económico de turno y a la preservación de los exasperantes privilegios de las clases dominantes.

En este contexto, una de las claves de este fenómeno es la ignorancia, que suele devenir en conductas gregarias y acríticas, susceptibles de ser pontificadas en beneficio del statu quo hegemónico.

Durante muchos siglos, todas las ciencias en nuestras sociedades occidentales estaban completamente permeadas por la religión y la primordial fuente de conocimiento era la Biblia, depositaria de una suerte de verdad revelada y de discurso oficial rigurosamente dogmático con el cual nadie osaba disentir.

Ya desde la antigua Grecia, había científicos y pensadores que refutaban el creacionismo, planteando alternativas que sugerían una evolución gradual del orden natural, tanto en lo relativo al reino animal como vegetal o mineral.

Sin embargo, aquellos que desafiaban estas visiones reduccionistas en torno al origen del universo, el mundo y la naturaleza, solían ser salvajemente combatidos, acusados de herejes y hasta asesinados en nombre de Dios, para infundir un aleccionante temor en quienes dudaban.

Recién en el siglo XIX, el apócrifo discurso comenzó a desmoronarse, cuando un naturalista británico llamado Charles Darwin fue capaz de investigar a fondo las relaciones entre distintas especies, lo que le permitió elaborar concepto de que todas las formas de vida se han desarrollado a través de un lento e inexorable proceso de selección natural.

Darwin, que aunque resulte paradójico estuvo a punto de ordenarse clérigo de la Iglesia Anglicana, recorrió el mundo a bordo del buque Beagle durante cinco años. En ese periplo, lo que observó e investigó le indujo a cuestionar enérgicamente la concepción creacionismo del origen de la humanidad -en la cual el mismo creyó- hasta elaborar una revolucionaria teoría alternativa.

En «Darwin en el Plata: el descubrimiento de la evolución», el autor uruguayo Eduardo Blasina, reconocido estudioso de la obra del célebre científico, propone novedosas lecturas interpretativas acerca de la importancia que tuvo para Darwin su travesía por estas regiones.

En este trabajo, Blasina revela un profundo conocimiento de la vida y la obra del revolucionario naturalista y sabio británico, en un ejercicio literario que permite un plausible acercamiento a su figura.

El autor no se limita al análisis de sus aportes y a la narración de la vida de Charles Darwin en Argentina y Uruguay, sino que también pondera las influencias y aportes que el investigador tomó de otros pensadores y científicos para elaborar su teoría.

Mediante una atenta relectura de los diarios de viaje del controvertido investigador, Blasina aporta diversas claves sobre nuestros orígenes. En efecto, Darwin registraba en sus apuntes no sólo información científica, sino también estampas sobre la vida y las costumbres de los pueblos que conocía.

«Darwin en el Plata: el descubrimiento de la evolución» es un valioso aporte al conocimiento y la reflexión, que nos permite hurgar en nuestro pasado y reinterpretar los grandes debates filosóficos de hace casi dos siglos.

(Ediciones de la Banda Oriental)

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