Anton Chejov, el visionario autor ruso, "cumplió" 150 años
Maestro en describir la búsqueda de la felicidad en una Rusia marcada por profundos cambios, Chejov se ha asegurado década a década la admiración de sus conciudadanos, a menudo víctimas de una turbulenta historia, desde la revolución bolchevique de 1917 hasta el trauma de la caída de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) en 1991.
En este país en perpetua ebullición, los profesionales del teatro no dudan en explicar que la popularidad de la obra de Chejov obedece a un secreto: leerla ayuda a ser feliz.
«Cuando estoy cansado de la vida, voy hacia él, como quien va al médico. En lugar de una prescripción, me da una de sus obras. Y vuelvo a sentirme bien», afirma Rimas Tuminas, del teatro Vajtangov de Moscú.
«Chejov te pide respirar aire puro, cuidar a los demás, respetar la naturaleza. Así, ves tus problemas de forma más pausada y puedes decir gracias a la vida», añade este director artístico cuya audaz puesta en escena del «Tío Vania» le valió un alud de alabanzas.
Nacido en 1860, un año antes del decreto del zar Alejandro II que puso fin a la servidumbre y marcó el inicio de la turbulenta historia moderna de Rusia Chejov pobló sus obras de personajes desorientados por los cambios.
Y aunque el dramaturgo no haya vivido la revolución bolchevique y el fin del imperio zarista ni los traumas del régimen soviético ni su reemplazo por un sistema de capitalismo salvaje, todos sus personajes siguen siendo de actualidad.
Así, en su última obra, «El jardín de los cerezos», escrita en 1904, el año de su muerte, el comerciante Lopajin es un antiguo siervo cuyo comportamiento recuerda a esos nuevos ricos rusos de los años 1990 que supieron aprovecharse, insaciables, de los cambios radicales de su época.
Lopajin compra a la familia Ranevski, propietarios arruinados, un cerezal para construir ahí varias casas. Entonces suenan estas palabras: «He comprado la propiedad donde mi padre y mi abuelo eran esclavos, donde ni siquiera se les permitía entrar en la cocina».
Y qué ruso, desposeído bajo la URSS u obligado a vender sus bienes para superar las dificultades de los años 1990, no podría identificarse con Liubov Ranevskaia, privada de su tierra, cuando exclama: «¡Mi dulce, tierno, bello cerezal! ¡Mi vida, mi juventud, mi felicidad! ¡Adiós, adiós!».
Para el director del teatro Maly de San Petersburgo, Lev Dodin, uno de los aspectos destacados de la obra de Chejov es, precisamente, su carácter visionario.
«Si se lee con inteligencia a Chejov, podemos comprender muchas cosas de la sociedad contemporánea», asegura.
Como sus obras y sus cuentos abordan siempre temas de actualidad -la pobreza, el respeto por los demás o el medio ambiente- los rusos volverán a descubrir a Chejov con interés y placer.
Entre las múltiples festividades previstas en 2010 por los 150 años del dramaturgo, el metro de San Petersburgo divulgó ayer citas del autor en este agitado universo subterráneo, con mensajes como éste: «Los hombres educados respetan la individualidad de los demás y por tanto son siempre indulgentes, dulces, amables y complacientes».
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