Literatura. El destacado escritor estadounidense falleció en la jornada de ayer

J.D. Salinger, el guardián se apaga

Su nombre era Jerome Derome Salinger, pero cuando se entregó en cuerpo y alma a la literatura prefirió firmar solo con las iniciales J.D. y dejar que su apellido flotara al viento como una bandera solitaria.

Escribió un manojo de libros, pero uno sólo bastó, «El guardián entre el centeno», para llenarlo de una gloria que siempre miró por encima del hombro.

Le llevó 10 años fraguarla, dibujar a cincel a su protagonista, Holden Caulfield, un muchacho en la frontera sutil entre la infancia y la adolescencia, en rebeldía contra unas convenciones sociales capaces de aplastar lo humano.

Después escribió sus cuentos, reunidos en un solo volumen, en los que debuta Seymour uno de los miembros más entrañables de la familia Glass, que lo acompañaría durante sus restantes viajes literarios.

Una familia de superdotados, a través de quienes explora los meandros de la naturaleza humana y hace a veces introspecciones feroces sobre su propia honestidad, para contraponerlos a la falsedad del medio condicionador en que viven.

Salinger logró cuajar en su obra lo que Holden Caulfield consagra como aspiración suprema: «Lo que más valoro es cuando uno queda completamente agotado después de leer un libro y desea ser amigo del autor y poder llamarlo por teléfono en cualquier momento».

Se asegura que, a los 90, aún seguía escribiendo febrilmente con su mismo instinto certero e idénticas rachas de talento e inspiración. «Amo escribir», reveló en 1974, en una de sus escasísimas entrevistas, «pero escribo para mi mismo y para mi placer».

Dicen que guardaba sus manuscritos postreros bajo siete llaves mientras trabajaba cada día enfundado en un overol de obrero. Físicamente se fue, pero su resplandor nos acompaña. Hay que agradecerle la coherencia mantenida durante toda su vida.

Te recomendamos

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje