Balance. Lo más destacado de lo que se ha visto en nuestro país durante 2009

El cine internacional en Uruguay

Se debería subrayar, por ejemplo, películas como Entre los muros, un excelente largometraje del francés Laurent Cantet sobre centro educativo de barrio marginal, aunque especialmente focalizado en la experiencia de aula de un docente y sus alumnos a lo largo del año lectivo. Con las diferencias del caso (coexistencia étnica multicultural, infraestructura contextualizada del sistema educativo galo, etcétera) la producción, sin embargo, logró emotivo impacto en el espectador y también supuso (y supone) un posible objeto de estudio sobre estrategias áulicas para docentes y pedagogos. De lo mejor del año.

En esta misma lista de honor tiene que estar Al otro lado, del cineasta germano-turco Fatih Akin, un intenso relato sobre la búsqueda de los lazos de sangre y las distancias que separan a los seres queridos; distancias que no solo pueden ser medidas en kilómetros sino transformarse en rupturas ideológicas o maneras de interpretar la vida. Resultó un título áspero pero inexcusable y, además, brindó la posibilidad de volver a disfrutar a una madura Hannah Schylugga. Otra realización imperdible.

Por su parte Gomorra, registro italiano dirigido por Mateo Garrrone (sobre la novela del periodista Roberto Saviano en torno a la Camorra o mafia napolitana) concretó una traducción del mundo del hampa, al desnudo, en su esencia más brutal y descarnada. Una tenebrosa radiografía de la maldad, que casi parece un documento audiovisual con cámara oculta o fragmentos de la crónica roja en crudo y en directo. Un auténtico mazazo al espectador y quizás el mejor filme italiano que se haya rodado sobre la cosa nostra.

Tampoco hay que olvidarse de Gran Torino, un Eastwood de pies a cabeza. Una propuesta sólida, parca y efectiva que dijo lo que tenía que decir con economía de recursos y una síntesis narrativa de gran nivel, promoviendo un alegato conciso y provocador sobre la tolerancia por encima de la xenofobia. Es un proceso relativamente lento pero iluminador donde Eastwood, haciendo honor a su acotado histrionismo logró, con dos o tres gestos de su repertorio facial, dibujar acertadamente el perfil de anciano cascarrabias mientras el círculo narrativo fue cerrándose en forma prolija. (Calificar al filme de minimalista, sin embargo, no resultaría una definición adecuada aunque ese corte independiente de historia chica y emotiva quedó flotando en el aire cuando bajó el telón).

Sin duda, otra obra de largo aliento resultó la inefable Las horas del verano, de Oliver Assayas, una mirada retrospectiva sobre las relaciones familiares a partir de un espacio único: una residencia cargada de historia que experimenta diferentes valoraciones afectivas a través de las generaciones. Sencilla y austera, esta pieza maestra de Assayas pretendió una complicidad reflexiva de la platea. Quien haya entrado en ese juego de emociones encontradas, habrá disfrutado de una experiencia cinematográfica de primer nivel.

Mientras tanto, La zona, de Rodrigo Plá, diluyó el mundo idílico que aparecía en las películas de Cantinflas para transformarlo en el infierno tan temido dentro de la realidad actual. Lo que el filme registraba (barrio residencial privado que es «invadido» casualmente por delincuentes y genera un ajusticiamiento bajo cuerdas por parte de los vecinos) impresionó como terrible posibilidad consensuada por muchos en una actitud inconscientemente fascistoide. El mérito del uruguayo nacionalizado mexicano Rodrigo Plá y la escritora y guionista Laura Santillo es haber captado esa urgencia de manera literal y absolutamente clara en su resolución. Incómoda, inquietante, imprescindible.

Tarantino también hizo de las suyas con Bastardos sin gloria, un delirante largometraje bélico donde el renombrado director se da el gusto de cambiar la historia y caricaturizar al Tercer Reich, entre otras cosas. Fusionando las tensiones propias de un trhiller con los enredos de la comedia y algún que otro disparate, la proyección logró secuencias de un voltaje en crescendo típico de Tiempos violentos (sobre todo en el inicio) para pasar a escenas que casi parecen extractadas de un gag de los hermanos Marx. En medio de todo este delirio, hubo lugar para el suspenso, para impactantes momentos de acción y hasta para la recreación de perfiles formidables como el del coronel germano Hans Landa, interpretado por Christoph Waltz, una mezcla inefable de Maquiavelo y Columbo que el público supo paladear con especial deleite. Casi inclasificable.

Otra mención especial para El luchador, de Darren Aronofsky con el resucitado Mickey Rourke interpretando a un atleta profesional de la lucha libre que, de manera emblemática, trazó un singular paralelismo con la propia vida del actor. Filmada con un estilo casual de cámara en mano y aparentemente desprolija en su estructura, la película, en realidad, marcó una perfecta solidez en su línea narrativa y un trabajo actoral inmenso por el otrora galán de Nueve semanas y media.

Por su parte Los vigilantes, traslación de la novela gráfica de Alan Moore y Dave Gibbons, logró una versión de excelencia en la pantalla grande gracias a la propuesta de Zack Zinder, renovando ampliamente el sentido del cómic y los superhéroes en su aterrizaje al celuloide.

Algo similar a lo ocurrido con Sector 9 filme dirigido por el sudafricano Neil Blomkamp por que, en el plano de la ciencia ficción concretó un enfoque diferente y removedor a pesar de ser su opera prima en el cine.

Otros títulos de interés se focalizaron sobre la más o menos reciente política norteamericana (Milk, de Gus Van Sant, interpretada por el camaleónico Sean Penn y Frost/Nixon: la entrevista del escándalo, dirigida por Ron Howard, que también tuvo en el actor Frank Langella el mérito y la responsabilidad de remontar la calidad global del proyecto).

Otra realización a tener en cuenta puede ser Río helado, de Courtney Hunt sobre el ingreso de inmigrantes ilegales de Canadá a los Estados Unidos, con una soberbia actuación de Melissa Leo aunque tampoco habría que dejar de lado Escondidos en Brujas, una suerte de comedia negra de Martin McDonagh sobre un par de sicarios «enterrados» en esa bellísima ciudad belga conocida como la «Venecia del Norte».

En esta breve reseña a vuelo de pájaro, tampoco queremos olvidar a Nube nueve: nunca es tarde para amar, de Andreas Dresen, un tierno canto al romance en la tercera edad; Rojo como el cielo, dirigida por Cristiano Bortone, película inspirada en la vida real de Mirco Mencacci, un sonidista no vidente que marcó época; El lector, de Stephen Daldry, acompañado de la estupenda actriz Kate Winslet personificando a una antigua celadora del régimen nazi; La soledad, del director Jaime Rosales sobre la peripecia vital de una mujer que cambia radicalmente su existencia luego de un atentado; Crimen y lujuria, de Ang Lee, recreada en la década del 40 en Shangai bajo un trasfondo de sexo y política o La felicidad trae suerte, una atípica realización del cineasta Mike Leigh que funcionó como canto naif de la esperanza.

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