Cine uruguayo para todos los gustos
La sociedad de la nieve, de Gonzalo Arijón, por ejemplo, resultó el documental uruguayo más premiado de todos los tiempos y, sin dudas, impresionó como el mejor trabajo cinematográfico que se haya realizado sobre la tragedia de los Andes.
Un directo a la mandíbula que, por instantes, dejó sin aliento a un espectador que sentía la piel de gallina frente a la confesión desnuda de los sobrevivientes. Lo importante del caso es que este registro no apeló al golpe bajo sino que elevó su mira a niveles de altísima reflexión ya que la propuesta del director Gonzalo Arijón fue tan sobria como conmovedora. Con un atinado manejo del montaje en el que una reconstrucción ficcionada por actores alternó con las entrevistas de los protagonistas reales La sociedad de la nieve fue construyendo un periplo de gradación ascendente que resumió en forma magistral todas las historias dentro de la historia. (Cabe recordar, además, que el rodaje en crudo de unas cincuenta horas de extensión supuso la base temática para la escritura del libro homónimo de Pablo Vierci que devino en best seller).
En esta madeja de acontecimientos, la lente del consagrado jefe de fotografía César Charlone logró un sutil nivel de excelencia en la aparente sencillez descarnada de un blanco y negro que registró ese pretérito rememorado desde la partida del aeropuerto. Vale la pena aclarar que el planteo no solo jugó sus cartas al flashback virtual sino que también manejó una ajustada recopilación de imágenes (la conferencia de prensa en el Colegio, material de archivo chileno, algunas fotos del legendario Juan «Coco» Caruso) entre otros componentes que sumaron la globalidad del friso.
Mientras las imágenes se sucedían, el documental recordando lo acontecido en medio de depuradísimas cavilaciones que dieron cuenta de toda el agua que pasó bajo el puente mental de estos hombres. Pero más allá de esos pensamientos que sobrevolaron el trabajo en forma permanente, el documento fílmico logró un estado de desacostumbrada participación con la platea. De alguna manera, el golpe también lo recibió el público que pudo llegar a sentir las muertes y el desamparo como si también hubiera estado dentro del fuselaje, percibiendo ese remoto y morboso asedio de los periodistas de la época. Aunque resulte obvio decirlo, La sociedad de la nieve exhibió una sinceridad brutal y desgarradora. Supuso una especie de tránsito perturbador que descolocó por la frontalidad de un testimonio colectivo que quizás debió esperar todo el tiempo transcurrido para proponer un discurso de elevada madurez. Resultó, también, un sincero homenaje a los amigos que no están; aquellos que entregaron su cuerpo y sangre en la sagrada comunión trasandina. Esos que, según dijo el propio Canessa en otro vibrante pasaje del filme, «siguen hablándole al oído» a pesar de los años. Ni el texto Viven, de Piers Paul Read (y mucho menos la versión hollywoodense de Frank Marshall) lograron la estatura inobjetable de esta labor. Fue impresionante.
Otra labor significativa fue Gigante, de Adrián Bibiez (Gran Premio del Jurado, Mejor Opera Prima y la distinción Alfred Bauer del Festival de Berlín), una entrañable comedia que también puede calificarse como refinado ejercicio de humor en el que la simple trama sobre un corpulento empleado de seguridad enamorado de una encargada de limpieza de supermercado se convirtió en una encantadora fábula romántica. Una simple anécdota en que la riqueza del filme estuvo, precisamente, en el paulatino descubrimiento que el protagonista hizo de su princesa soñada. Lo que sí debe resaltarse es la inteligencia con que Biniez desarrolló su eje temático (y la terrible timidez del gigantón, a la hora de abordar al amor de su vida, desentona con su fornida presencia) sin caer en obviedades de teleteatro. Por el contrario, Gigante apostó al detalle ingenioso y al armado de un rompecabezas en el que el monitoreo de las cámaras de seguridad también fue haciendo su propia edición secuencial a través del seguimiento que el tímido coloso realizaba sobre la mujer de sus sueños. Un dato a resaltar, muy especialmente, tiene que ver con el especial cuidado que el actor Horacio Camandule puso a la hora de elaborar el perfil de su personaje (un grandote bueno, en definitiva). Una medida gestualidad alcanzó para que Camandule desplegara un abanico de emociones que fueron desde la curiosidad inicial hasta el perdido enamoramiento, descubriendo un mundo interior donde la rudeza de su trabajo se oponía a la ternura natural de su carácter. Como dijimos en su momento, Gigante resultó una película «chica», de bajo presupuesto pero con un corazón enorme.
Por su parte, Mal día para pescar, de Alvaro Brechner (filme concebido a partir del relato Jacob y el otro, de Juan Carlos Onetti) también llegó a la pantalla local precedido de críticas elogiosas y premios internacionales. Vale la pena subrayar el detalle porque, desde el vamos, el desafío de trasladar al autor de El astillero a la pantalla grande suponía un riesgo de importancia. Sin embargo, el director (que trabajó por su proyecto durante cuatro largos años) logró una amalgama de contenido e imagen en perfecto equilibrio con la historia abordada. Quienes hayan leído el texto recordarán la singular peripecia del ex-campeón Jacob van Oppen y su manager, el Príncipe Orsini que recalaban en la mítica Santa María desafiando a la población para que alguien resistiera tres minutos en el ring, ofreciendo una recompensa económica. La solidez del cuento no necesita mayores explicaciones aunque resulta digno de destacar la prolijidad con que el guión elaborado por Brechner y el actor Gary Piquer (libreto que conquistara un premio al Mejor Guión en el reciente Festival Cinematográfico de Lima, Perú) transgredía parcialmente la matriz literaria aunque respetando la atmósfera esencial de la obra onettiana. Ese clima de poética desesperanza apareció en Mal día para pescar no solo en los diálogos sino en una esmerada fotografía que puso bajo la lente todo un mundo de calculadas imágenes sugerentes. Pero resultaría injusto no remarcar enfáticamente el mérito especial del elenco, sobre todo la brillante participación de Gary Piquer, un artista que conjugó su personaje en carne y alma hasta los cimientos como el elegante estafador Orsini. En cierta medida, la elaboración de Piquer resultó un espectáculo aparte y pudo considerarse el broche de oro de un largometraje que, desde su primer fotograma, desplegaba una magia especial, conquistando al auditorio de manera legítima. No fue poca cosa esta «opera prima» de Brechner. Se atrevió con un escritor emblemático, arriesgó una dirección polifónica (que incluyó al actor finlandés Jouko Ahola, quien supo trabajar con Werner Herzog), y transcribió la propuesta del texto literario para ponerse detrás de cámaras y darle forma. Un mérito enorme.
También los documentales Perejiles, de Federico «Biyu» González y Pasto, de Martín Presente y Valentín Macedo generaron incomodidades similares aunque por diferentes motivos. Atendiendo la fuerza que el trabajo documental ha tenido en estos tiempos, también vale la pena consignar a La mañana siguiente, de Gonzalo Regules, una labor que tomó nota de la experiencia personal de Lilí Lerena de Seregni concentrada en el 31 de octubre de 2004 cuando el Frente Amplio ganó las elecciones nacionales. El periplo no se redujo a dicha propuesta inicial sino que recogió imágenes de archivo hasta cerrarse con la viuda del extinto líder fundador del FA junto a Tabaré Vázquez en el balcón del Hotel Presidente recibiendo la ovación de todo un pueblo. Un auténtico documento para la historia.
Por último cabe resaltar a Tonky y sus otros amigos, del maestro uruguayo Walter Tournier que recientemente tuvo un merecido reconocimiento internacional y quizás sea el orfebre audiovisual más importante que haya tenido el cine nacional hasta la fecha.
Estructurada a través de una serie de trabajos (que incluyeron episodios in
éditos de Los Tatitos, entre otros conocidos trabajos de Tournier), la selección pasó revista a buena parte de la fecunda labor que, en el género de la «stop motion», ha sido el estilo más trabajado por este gran creador.
En resumen, un año que siguió sumando títulos a una realización autóctona cada vez más rica. Enhorabuena.
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