Estreno. El arte superior convertido en melodrama

La gaviota, obra de Anton Chejov en la escena del Ateneo Popular

Como se sabe, estos rebuscamientos lingüísticos no son sino la estricta obediencia al primer mandamiento de todo escritor latinoamericano: «Deberás aterrorizar al público con lo mucho que sabes». Quisiéramos equivocarnos, pero dudamos de que Percovich o Blanco sepan una sola palabra más de ruso, salvo «nafta», y eso porque son uruguayos.

El antecedente de esta puesta en escena es, sin la menor duda, la múltiple experiencia de Daniel Veronese a propósito de Chejov e Ibsen; pero Veronese, que es autor de una respetable treintena de obras, no pretende poner en escena a Chejov o Ibsen y titula deliberadamente sus piezas «Espía a una mujer que se mata», «Un hombre que se ahoga», «El desarrollo de la civilización venidera» y «Todos los grandes gobiernos han evitado el teatro íntimo», en vez de «Las tres hermanas», «El tío Vania», «Casa de muñecas» y «Hedda Gabler». El intento de Veronese no es «traer al mundo contemporáneo los clásicos», porque los clásicos, si merecen tal nombre, ya están en el mundo contemporáneo y basta con ponerlos en escena correctamente y tal cual son. Veronese demostró con esas obras qué es esencial y qué es accesorio. Por eso prescinde prácticamente de escenografías autónomas: la misma escenografía sirvió para «El desarrollo…» y para «Todos los gobiernos». No había escenografía ni «vestuario» en «Espía a una mujer que se mata», donde los actores no se movían de unas sillas y, además, las mujeres estaban representadas por hombres, con voces, ropas y gestos masculinos, y los hombres por mujeres.

Esta puesta en escena de Mariana Percovich incurre en el mismo rancio error en que incurrió «El jardín de los cerezos», que presentó este mismo año El Galpón; con lo que se comprueba que los extremos se tocan y la seriedad profesional de El Galpón rima con la superficialidad de esta puesta en escena. Ni Miriam Gleijer en «El jardín de los cerezos», ni aquí Gloria Demassi como Arkádina, aceptan ­tal vez porque no pueden hacerlo­ el papel de dos mujeres que son, a la vez, ridículas, desalmadas y necias; que todos estos calificativos cuadran por igual a Liubov Andreiévna y a Arkádina. Vemos en seguida el arte superior de Chejov convertido en melodrama: Arkádina sufre porque es desdeñada por su amante Trigorin (Gustavo Saffores), un escritor tímido seducido por la emprendedora postulante a actriz Nina (Gimena Fajardo, lo mejor del elenco), hasta allí enamorada del hijo de Arkádina, Treplev (Gabriel Calderón), harto celoso de su madre en un paralelo con Hamlet y Gertrudis. El melodrama sigue y sigue, porque Trigorin y Nina tienen un hijo, que muere; Nina es abandonada; Treplev intenta, desde el comienzo, una literatura renovadora, pero pierde la fe en sí mismo. Un tiro de revólver, que puede encontrarse en todas las obras de Chejov, marca el fin. No hay en todo este trajín una sola idea, una conclusión, un descubrimiento. A juzgar por la puesta en escena de Percovich, Chejov no es mucho mejor que el Jean Cocteau de «Los padres terribles» o «Los monstruos sagrados».

Pero Percovich incurre simultáneamente en el error opuesto. Las obras de Chejov no son tragedias, aunque hay muertes y catástrofes, porque no albergan ni un atisbo del héroe trágico; obviamente, tampoco son obras cómicas. Sin duda inducida por las palabras del mismo autor, que al reprobar la puesta en escena de Stanislawsky afirmó que sus obras son comedias, Percovich introduce elementos risibles y alusiones locales a un teatro cerca de la rambla. Con esos nombres de los personajes, ¿puede pretenderse que la acción transcurre en un viejo teatro montevideano, cerca del mar? Sin duda la directora no se sintió satisfecha con sus hallazgos de ubicación espacial de la acción ni con sus escasas innovaciones sobre el texto, que no van más allá de cierta jibarización; y se permitió suprimir varios personajes, entre ellos Dorn, el portaestandarte del mismo Chejov, que, como suele ocurrir, es médico y un intelectual que todo lo comprende pero que nada quiere hacer. Algo le faltaba a la directora, sin embargo, para demostrar un pretendido espíritu innovador que no existe, y fue la multiplicidad de escenarios. Se ocupan los corredores, la galería, los palcos, con actores que suben y bajan del escenario, entran, salen, caminan, se deslizan, cruzan, retroceden y avanzan, lo que, como ha ocurrido casi indefectiblemente en todas las puestas en escena de Percovich, rompe el ritmo de todas las escenas. Un par de escenas que ocurren a espaldas de los espectadores, en una especie de retablillo improvisado en la última fila, se lleva la palma del despropósito. Sin ninguna necesidad se induce al público a girar en sus asientos 180 grados, incomodándose e incomodando a los dos contiguos para ver una escena que termina por estar vacía. Por supuesto, como Percovich no sabe qué hacer con el muy importante fragmento de Tréplev, que comienza la obra y, en un contexto y en una interpretación muy diferentes, casi la termina, y lo sustituye con prosa de Santiago Sanguinetti. Le da lo mismo Sanguinetti que Chejov.

 

LA GAVIOTA, de Anton Chejov, con Gloria Demassi, Carlos Sorriba, Gabriel Calderón, Gustavo Saffores, Gimena Fajardo, Verónica Mato y Ramiro Perdomo. Espacio escénico y luces de Fernando Scorsela, vestuario de Gerardo Egea, versión y dirección de Mariana Percovich. Estreno del 11 de diciembre, teatro del Ateneo Popular, Río Negro 1180.

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