Arte

Las buenas intenciones no bastan

La reunión internacional sobre el Cambio Climático en Copenhague (algún iluso la bautizó Hopenhague) fracasó estrepitosamente. Era un resultado cantado. Lo que era menos previsible, en países tan educados, fue la brutal represión a jóvenes disidentes por la policía danesa. Un diario alemán tituló al congreso » La reunión cumbre de la rabia», por la reacción de los poderosos indiferentes al destino de los más débiles y del propio planeta en que habitan. En su cínico discurso, Barak Obama, imposible Premio Nobel de la Paz, afirmó la necesidad de la guerra para conquistar la paz.

La convocatoria sobre el medio ambiente tuvo, a pesar de todo, su aspecto positivo. Difundió, urbi et orbi, la red de intereses políticos y la salvaje voracidad de las potencias dominantes invocando el sacrosanto derecho a la economía del libre mercado (no confundir con mercado en libertad) pero dando cuenta también de la resistencia a ese cruel destino, la radicalidad de una protesta joven contra el vetusto sistema impuesto por los adultos.

En un reciente artículo, Osvaldo Bayer desde Bonn recordó algunas cifras: mil millones de seres humanos padecen hambre , y en la mismísima Alemania el presupuesto para 2010 establece 31 mil millones de euros para gastos militares, 10 mil millones para educación y para defensa ecológíca apenas mil millones. Es todo un manual de la brutalidad capitalista. La naturaleza derrotada por las armas. La vergüenza global.

 

Inclemencia del tiempo (Centro Municipal de Exposiciones)

El alemán, Alfons Hug, residente en Brasil, curador de un par de bienales paulistanas, entre otras muchas llamativas exposiciones, propuso Inclemencia del tiempo, actualmente en el Centro Municipal de Exposiciones. Se trata de una muestra itinerante integrada por artistas internacionales y un par de uruguayos que utilizan como soporte el film, el video y, menos, la fotografía. En su extenso prólogo del catálogo plegable. Hug hace atinadas consideraciones sobre el tiempo y el clima. «El tiempo era una especie de segunda piel para los hombres, y a pesar de las inclemencias meteorológicas ocasionales uno se sentía parte de un orden mayor dentro de la naturaleza.

Sin embargo, ahora el tiempo es clima, una entidad física anónima, de amenazadora naturaleza, capaz de desatar una catástrofe en cualquier momento. El cambio climático ha transformado el tiempo en intemperie. El clima es tiempo falto de poesía y estética. A diferencia del tiempo, el clima carece de aura.

Lo que en el pasado era un bien común, hoy pertenece al terreno de los ingenieros y científicos. El mortal común, aquel que aún sabía disfrutar de la frescura del rocío y el alivio de una brisa suave durante un paseo por el parque, hoy experimenta el tiempo como una confusa mezcla de CO2, CFC y partículas de hollín. Ha de ser meteorólogo para pronosticar las precipitaciones inminentes, agricultor para sopesar el rendimiento de energía derivado de la colza y la caña de azúcar, mecánico automotor para asegurar un uso correcto del biodiesel, economista para encauzar el torrente de mercancías que circula por el mundo, zoólogo para garantizar la preservación de la especie de osos polares, y a la postre también soldado, para estar en pie de guerra en la lucha por las materias primas (…) Cada nuevo informe meteorológico es una última advertencia y sumerge a prácticamente todos los habitantes de la Tierra en una profunda culpa: tanto el caboclo de Amazonas, dedicado al desmonte por quema, como el automovilista europeo, al ganadero de la India o al excavador de pozos de petróleo en el Golfo Pérsico. El clima ha adquirido estatus de guerra. Se manifiesta como un Dios vengativo que se dispone a exterminar todo lo que quede vivo.

Es así que llega el turno de los ecologistas, que predican en pos de la abstención del consumo y la reeducación, y por el otro el de los ingenieros, que creen tener prevista una solución para cada problema, se trate de molinos eólicos, colectores solares, motores de combustión interna más eficientes o el progreso en la agricultura».

En una primera impresión, Inclemencia del tiempo supone un alerta sobre los peligros del medio ambiente y al coincidir con la cumbre de Copenhague, denunciar los aspectos más salientes y negativos de un presente encaminado hacia un destino incierto. Tenía como referente el Protocolo de Kioto, como buen punto de partida y como buen alemán, disponía de una abundante información. Nada de eso le importó. Incapaz de horadar la superficie del problema, de ir hacia los responsables y sus actitudes en foros internacionales, Alfons Hug se detiene, idílicamente, en la nostalgia de un pasado, de una naturaleza hollada por los hombres, si, pero falta el dedo acusador señalando a los culpables, las grandes potencias, a sus intereses políticos y económicos como los máximos provocadores de la situación. Prefirió recurrir a imágenes espectaculares y hermosas antes que analizar las causas últimas que las producen.

Un musulmán orando bajo la nieve en los montes Hindu Kusch, entre Pakistán y Afganistán, no pasa de ser un pintoresco registro documental de Alexander Nicolaev, enfoque que se hace extensivo al rompehielo que sigue a un excursionista en la helada bahía de Finlandia del holandés Guido van der Erke, los paisajes antárticos de la estadounidense Erika Blumenfeld, el torrente de las cataratas del Iguazú por la brasileña Laura Vinci, los paisajes helados de la Antártida por el alemán Lutz Fritsch, los refugios de las focas en fábricas abandonadas en Noruega por el inglés Simon Faithfull, aunque lo fundamental era la caza de las ballenas. Todo exhibido con impecable técnica que se agota de inmediato por la espectacularidad decorativa de las imágenes. O el artificio y la gratuidad de dos artistas alemanes que incendian una casa de madera.

El nigeriano George Osodi es el único que apuesta a la investigación seria con su recorrido por la bahía del río Niger y la contaminación del petróleo, explora las terribles condiciones de vida de sus humildísimos habitantes que miran hacia la cámara solicitando comprensión y solidaridad. Quizá la uruguaya Raquel Lejtreger en Subtemperie, simples papeles con fotografías y textos de las inundaciones en el interior del territorio uruguayo en mayo de 2007, atravesados en tanzas de silicona, crea una cierta poética y la apuesta más vinculada a la propuesta curatorial con meritorios resultados. La arquitecta Juliana Rosales, también uruguaya, confronta dos paisajes, los bañados y los montes nacionales, acompañando el video color con un dispositivo de sensores y gps que recogen información y datos transformados en imagen en movimiento que complejizan y enriquecen la visión del paisaje, aunque de neutralidad manifiesta. Las buenas intenciones, una vez más, no son suficientes para comprometer al artista en la avasallante destrucción de la naturaleza.

 

Colección Visible (Centro Cultural de España)

Pablo Peinado, curador español de la Colección Visible de Arte Contemporáneo de temática LGTB (lesbiana, gay, transexual, bisexual) quiso apoyar la reivindicación del derecho al matrimonio entre personas del mismo sexo. Para cumplir ese cometido, solicitó obras a artistas sobre el tema para realizar una exposición que difundiera la idea y penetrara en el imaginario colectivo de las diferentes sociedades actuales. El propósito, sin duda loable, la pertinencia del enfoque en un momento en que los gobiernos de los países occidentales ponen a prueba sus prejuicios y limitaciones culturales. Las obras obtenidas, a excepción David Hockney, el extraordinario dibujante inglés residente en Estados Unidos, no traspasan lo convencional (en especial, las fotografías) y poco ayudan a la causa que se quiere promover por la endeblez de las imágenes. Otra buena intención frustrada.

 

Ana Méndez (Alianza Francesa)

Licenciada en Letras por Facultad de Humanidades, con estudios de p
intura en los talleres de Daniel Amaral y Guillermo Fernández, de escultura en la Universidad de Trabajo, de edad incierta, la salteña Ana Méndez efectúa su segunda unipersonal de la temporada. La anterior, hace pocos meses en Galería Latina, dejó claro su preferencia por reinterpretar, en clave contemporánea, algunos cuadros de la historia del arte ( El jardín de las delicias de Bosch, La muerte de Marat, de David) y otros artistas del barroco y el clasicismo.

El nombre genérico de Naturaleza muerta es el título que impuso a esta nueva muestra anual que avanza más allá de su denominación. Hay animales desollados colgando, azucenas, flor emblemática, coronas de pétalos naturales y una llanta de goma negra en el piso, todo un repertorio funerario. El dramatismo del tema es realizado eligiendo la representación en claroscuro para reforzar el patetismo, una situación que logra parcialmente. Una extrema frialdad de la pincelada, un dibujo que lucha por imponerse (las manos, el brazo del cuadro revisitado) son reveladores de una pintora que todavía no domina sus recursos, aunque, según pasan los meses, los va refinando, afanosa por conquistarlos. El mejor, la representación de una rata que no registra aspecto mortal sino que muestra su ojo bien abierto, mientras caen chorros de pintura, en el que establece un acuerdo entre la representación austera y los medios, en la fluidez de la pincelada, hasta crear una envolvente atmósfera mortuoria convincente.

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