Jaime Roos en Punta del Este La canción es la misma

Jaime Roos está de gira y pasó por Punta del Este con su estela de hits. El repertorio de siempre, la sensación de tablado que se instala en el escenario trocando profundidad por complacencia. Pero el público es el que lo banca fervorosamente, y hay que respetarlo.

No hay, ya no puede haber sorpresas en la estructura ejecutiva que monta Jaime Roos para sus espectáculos. Durante años ha ido variando su staff de músicos –ha mantenido algunos como el excelente percusionista Walter Haedo, por ejemplo– alcanzando un ensamble perfecto, pero sin sensualidad ni sugestión ni tampoco brillos de altura. El que, por ejemplo, logró en esta ocasión Nicolás Ibarburu con el bellísimo arreglo de guitarra que le practicó a la versión de «Tablas» de Dino y que Roos encaró con una pobreza expresiva alarmante: en efecto, le pegó un tablazo. Volvé Dino.

Lo cierto es que todo transcurrió durante una hora y media el sábado por la noche en un atestado y más que fervoroso Hotel Conrad: Roos no precisa hacer ningún ademán, ningún desplazamiento escénico abrupto ni otorgar sermones (a diferencia de otros nunca lo hizo en toda su carrera, todo un mérito) ni francamente hacer demagogia alguna para fundar un puente de comunicatividad realmente impresionante con sus emisores. El público de Roos es como el propio Roos: tan fundamentalista que si realizás un apunte crítico, una pequeña disidencia, fuiste muchacho.

Así que todo marchó de fiesta porque Jaime Roos sigue con aquello de cantarle a la gente lo que la gente quiere oír de un repertorio vastísimo que ya, a esta altura, never more tendrá una voluntad o política de riesgo que desacomode o inquiete por un instante la superficie global del concierto.

¿Qué es eso de sorprender al espectador? No existe en su mente aunque, por un momento, Roos salió de la estridencia coral (el quinteto que forma el coro se mueve al modo murguista pero tienen menos swing en sus flexiones que sería mejor quedarse quietitos y no siempre deberían estar sosteniendo a Roos, empalagan, ¿no te parece Ney Perazza, vos que sos un individuo inteligente?) y de esa sensación persistente de creerse un verdadero futuro murguista, y cazó la guitarra y abordó con formidable hondura –y después de avisar que iba a cantar algo «fuera de programa»– una canción mayor como «15 abriles». Hubo otro momento regocijante en el que Roos debería insistir: cuando realizó «Dices que te vas», donde la poética sigue siendo coloquial, sin caer en tensiones populacheras algo baratas (en su concepción) pero muy eficientes para su público.

Después todo fue easy. Hit tras hit, Jaime Roos va haciendo camino al andar, mientras celebra el abrazo multitudinario para que caiga en esas concesiones que irritan.

A Roos, como a Galeano, le sobra talento y ambos desde hace tiempo lo desperdician en una retórica ya insufrible. En particular Roos, del cual todavía puede esperarse grandes canciones. Que la gira que viene practicando por diversos sitios del país, al menos, logre inspirarlo para que no caiga en proyectos tan menores como su disco de covers denominado Contraseña del que cantó solamente tres temas.

Todavía podés, Roos. Autoexigirte al mango y salir de los facilismos, aunque profesionalmente los mismos estén finamente envueltos para regalo.

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