"Top Dogs" en Teatro Alianza

La parábola de los ricos necios

La obra se autodesigna en el programa como «ejercicio dramático», categoría cuya definición ignoramos que no cumple ninguna función de esclarecimiento. Más adelante se nos informa que Levón está a cargo, no ya de la «expresión corporal», sino de las «impresiones corporales» de la obra, objetos que deben ser algo distinto de los cuerpos mismos, pero que nuestro ojo es incapaz de percibir.

Confesamos, para nuestro ludibrio, que tampoco pudimos percibir bien a la obra misma, luego de dos sesiones y aún de la lectura del libreto, y que la única reacción de nuestro organismo fue una gran confusión. No sabemos qué se propone el autor en esta obra; no entendimos, tampoco, si quiso desarrollar una idea o una situación.

Nos resulta muy claro que la obra no está escrita a partir de uno o más personajes. Los seres de Top Dogs son abstracciones, cifras, estadísticas, síntesis ideales, y no seres humanos. La pieza sugiere que el hábito no sólo hace al monje sino que es una segunda naturaleza, y que todos los ejecutivos son así, superficiales, ávidos, frágiles, despersonalizados.

Las marchas y contramarchas, la disciplina de acondicionamiento conductista a que se someten refuerza esta presunción, que nos apresuramos a desmentir. Los ejecutivos de éxito, que son los que la historia ha registrado, pertenecen a la más sorprendente variedad de caracteres.

Desde el héroe activo y agresivo, un modelo a lo Teodoro Roosevelt, hasta el poeta de primer orden que fue Wallace Stevens, que ni tenía automóvil ni salió nunca de los Estados Unidos, la psicología del ejecutivo muestra heterogéneamente hombres prudentes y audaces, comunicativos y secretivos, ávidos y desinteresados, tacaños y generosos. Un reciente artículo de «The Economist» da como una de las características del ejecutivo de éxito, hoy, una cierta dosis de timidez…

Si el tema es el desempleo de los ejecutivos y sus consecuencias, ya fue tratado por Neil Simon, entre otros, en El prisionero de la segunda avenida, y ha aparecido, más y mejor, en decenas de cuentos y novelas; si es el desempleo en general, difícilmente podrá superarse a Arthur Miller en La muerte de un viajante. Declaramos que podemos emocionarnos con Willy Loman y con el protagonista de la obra de Simon, pero las marionetas de Widmer no nos llegaron más allá de la epidermis.

Comienza la obra con una escena donde el autor agota tanto su ingenio como sus escasas posibilidades de sorprender. Un ejecutivo de «catering», Conte (Juan Alberto Sobrino), va a ver a una ejecutiva de una empresa de reciclamiento de ejecutivos despedidos, la Sra. Castro (Elisa Contreras). Allí se enterará, para su sorpresa y la nuestra, que lo envían allí porque está despedido. Siguen con las clases de readaptación a cargo de la Sra. Castro, sobre un modelo que participa de la psiquiatría conductista con algo de terapia de grupo y una pizca de psicodrama. Ninguna de las sesiones tiene eficacia dramática, no tanto por la penuria de ideas sobre psicología y negocios, que es muy grande, sino por la ausencia total de personajes creíbles, que nos interesen, que parezcan hombres y mujeres vivos.

Lo más incómodo es que no se ven problemas de conciencia. Se tiene la impresión de que los personajes de TopDogs buscan una felicidad que consiste en dar órdenes, guiar autos de lujo, veranear en el Caribe, chapurrear la jerga de moda; no tener éxito es el único pecado.

El autor parece desaprobar a sus personajes; pero no se sabe desde qué punto de vista, porque no presenta ninguna alternativa, como si, al fin de cuentas, lo mejor a que puede llegar el hombre es a eso, a ser un ejecutivo y a que, faltos de mando y jerarquía, seamos nada o casi nada: némesis de la voluntad de dominio llevada hasta el fin.

Esperamos que ahora el lector comprenda por qué el crítico se sintió perdido. Se lo colocó frente a un mundo que no puede compartir, y de cuya existencia real duda radicalmente.

El único personaje que no está condicionado por las circunstancias o por los entrenamientos y que aún trabaja es la Sra. Castro; pero es tan poco interesante que uno preferiría a los despedidos. ¡Tanto luchar, tanto «… arrasar al enemigo y conquistar el mercado, ocupando todos los puestos estratégicos antes que los supervivientes puedan recuperarse» y otras consignas seudo nietzscheanas o seudo darwinianas, para llegar a un limbo sin sexo, donde la alimentación espiritual son palabras!

Como consecuencia de este esquematismo, no hay canales ni nexos entre personajes y público. Quizás, a falta de comunicación, podría gozarse en Top Dogs el estilo, el ingenio, las metáforas, la sintaxis del autor; pero la escritura es lo menos interesante de esta árida pieza. El estilo es seco, neutro, pedagógico, como si la obra fuera una clase o una parábola.

La adaptación y la dirección pertenecen a Gustavo Adolfo Ruegger, que ha movido la acción con dinamismo y hasta con sentido coreográfico, como si se tratara de un gran baile de ilusiones. Las luces, sin duda en el espíritu de la obra son espectrales y monótonas, el vestuario es frío; las actuaciones recuerdan a los buenos actores que están en escena, pero hay personajes, sino sombras.

Top dogs, ejercicio dramático en doce cuadros de Urs Widmer, traducción de Philip Rogers, por la Comedia Nacional. Con Elisa Contreras, Andrea Davidovics, Levón, Miguel Pinto, Oscar Serra, Juan A. Sobrino, Daniel Spinno Lara y Juan C.Worobiov. Escenografía de Enrique Badaró, vestuario de Soledad Capurro,ambientación sonora de René Pietrafesa, iluminación de Carlos Torres, adaptación y dirección general de Gustavo A. Ruegger. En Teatro Alianza, sala 1.

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