Demasiadas lentejuelas
El filme Velvet Goldmine del estadounidense Todd Haynes venía precedido de un aura bastante glamorosa. No sólo por el despliegue de lentejuelas, brillantina, plumas y demás artilugios visuales vinculados al glam rock, también por la perspectiva que ofrecía del efímero fenómeno.
Según la crítica extranjera, la mirada de Haynes era «desmitificadora» de lo que había sido el movimiento liderado por David Bowie, Marc Bolan y su T. Rex, Roxy Music y, más lateralmente, Iggy Pop y Lou Reed. Su punto de vista no era complaciente, mantenía cierta distancia y ofrecía una explicación sobre cómo la rebeldía inicial del glam se había transformado en un simple objeto de consumo, pocos meses después de instalado el fenómeno.
Completando el cuadro, se anunciaban buenas actuaciones y cierta elegancia visual que hacían de Velvet Goldmine un filme atractivo y de Haynes, un director a seguir. Si bien varios de esos valores son ciertos (las actuaciones son buenas, hay una correcta reconstrucción de época), Velvet Goldmine es antes que nada superficie, con escasa densidad dramática, mucho menos que el propio glam.
La primera objeción que puede hacerse al filme de Haynes es cierto desfasaje entre las características del fenómeno y lo que decide mostrar: si bien la esencia misma del glam es el gesto, no menos cierto es que se trató de una movida gestada antes que nada en torno a la música. A pesar de sus mejores esfuerzos las canciones de Velvet Goldmine suenan demasiado a los noventa. Compuestas para el filme, ya que tanto Bowie como Pop se negaron a ceder los derechos de sus temas, están plagadas de acordes menores, que nada tienen que ver con las armonías esencialmente mayores del glam.
Peor todavía, el Iggy Pop de Ewan Mac Gregor es tan parecido a Kurt Cobain que la guiñada entre ambas historias es tan obvia que asusta.
Casi igual de obvia resulta la historia del periodista interpretado por Christian Bale, presentado como una especie de yuppie gris y triste, que intenta recuperar su propio yo (al menos ese que creyó ser durante el glam), buceando en la historia de la estrella de rock desaparecida.
Es cierto, el filme tiene varios aciertos, sobre todo en lo que refiere a lo visual, en donde el cine de Ken Russell resulta una influencia clave: no sólo en las potentes y sobrecargadas imágenes que acompañan los momentos musicales, también en la morosidad de las secuencias, en algunos súbitos acercamientos a los rostros de los protagonistas, en cierta ingenuidad general que no puede menos que ser parte de la reconstrucción, ya no de la época sino del cine de la época.
Esa ingenuidad, que funciona bien visualmente, es un problema mayor a la hora de ofrecer explicaciones de corte sociocultural sobre el glam, sus intenciones y alcances: que Bowie haya aparecido con brillantina y lentejuelas en la TV, no alcanza para explicar que los adolescentes británicos adoptaran el glam. Menos serio resulta aún decir que el glam surgió de la nada y que fue obra de algunos bisexuales precursores e iluminados.
Lejos de ser un filme desmitificador, Velvet Goldmine parece construir un nuevo tipo de mito, en donde los rockeros glam también corren detrás de la plata y abandonan la bisexualidad, liberadora y llena de plumas celestes, por un futuro heterosexual, tan gris y aburrido como los periodistas.
Por suerte, después vino el punk…
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