Una mirada al cine de acá

2001, Odisea del Cine Nacional

Al parecer las intentonas cinematográficas de nuestro medio se iniciaron por 1919 cuando el director Juan A. Borges filmó Almas en la costa, un largometraje protagonizado por el boxeador Angelito Rodríguez que nunca llegó a exhibirse. En esencia, este acto fallido resultó emblemático porque presagiaban un extenso derrotero de filmes inconclusos y rodajes postergados durante buena parte del cambalachesco siglo XX.

Pantallazo histórico abreviado

Los memoriosos –sin embargo– podrán recordar algunos aciertos que excepcionalmente lograban ilusionar al público autóctono con fugaces chispazos de calidad. Del mítico filme El pequeño héroe del arroyo de Oro (1929) hasta Un vinten p’al Judas (1957/59), los heroicos cineastas uruguayos impresionaron, a pesar de todo, como una suerte de quijotes solitarios condenados a malgastar tiempo y dinero en productos audiovisuales de proyección restringida. Esa fuerza logró relativa constancia y pudo, muy de a poco, ir articulando una producción (despareja pero producción al fin), que marcó algunos mojones de lo que sería el largo y sufrido camino de las imágenes autóctonas.

En principio muchas de las tentativas se encaminaron por el lado del documental y –gracias a la practicidad y economía del formato electrónico– pudieron llegar a buen puerto. Por ahí aparecieron títulos meritorios como El cordón de la vereda, de Esteban Schroeder y también se dejaron entrever posibilidades ficcionadas como Los últimos vermichellis de Diego Arsuaga o producciones animadas como Los cuentos de Don Verídico de Walter Tournier.

Es justicia señalar que todos estos esfuerzos estipularon la consabida cuota de sangre, sudor, lágrimas y una lucha tenaz contra viento y marea. Los resultados muchas veces fueron polémicos –como El dirigible de Pablo Dotta–, interesantes a la manera de El hombre de Walter de Carlos Ameglio o decididamente insuficientes como Gardel, ecos del silencio. Pero más allá de logros y tropezones, aparecía una constante que quizás empezó a tomar mejor cariz con La historia casi verdadera de Pepita la pistolera de Beatriz Flores Silva y Una forma de bailar de Alvaro Buela, títulos referentes que funcionaron como una especie de catapulta generando mayores esfuerzos (y savia nueva), detrás de cámara.

El futuro es hoy

El resto es historia más reciente. El año pasado, por ejemplo, se produjo el récord histórico de dos estrenos simultáneos (El viñedo de Esteban Schroeder y La memoria de Blas Quadra de Luis Nieto), en el circuito local (además de un subrayado específico ya que el título de director de Gris y Uruguay, las cuentas pendientes también lograba un posterior estreno en Argentina aunque sin mayores resonancias). De todas maneras la mecha estaba encendida. Detrás de esta «detonación» entre comillas se ocultaban muchos años de frustraciones y territorios conquistados lentamente. Aquí podría hablarse –por ejemplo– del Espacio Uruguay generado por Cinemateca que durante mucho tiempo constituyó el (casi) único lugar de encuentro para la producción audiovisual nativa junto con TV Ciudad.

A primera vista el panorama parece más claro: El viñedo logró taquillazos históricos, la reciente producción 25 Watts de Pablo Stoll y Juan Carlos Rebella acaba de ganar un primer premio en el Festival de Rotterdam y el documental Acratas de Virginia Martínez obtuvo el Premio Quimera de la Asociación de Críticos Cinematográficos del Uruguay.

Mientas el lector repasa estas línes, Beatriz Flores Silva está dando los puntillazos finales a En la puta vida a la vez que Pablo Rodríguez estrena Maldita cocaína en la vecina orilla y se apronta la exhibición de Llamada para un cartero de Brumel Pomerenck.

Bien podría decirse que, después de tantos apagones, la luz, cámara y acción ha comenzado a rodar (con un sentido bien polisémico) indefectiblemente en suelo uruguayo. Hay múltiples guiones en preparación (como 99% asesinado de la dupla Vierci/Schroeder); trabajos documentales de inminente estreno (El último libra a todos de Fernando Richieri sobre vida y obra de Jorge Lazaroff), aprontes para la filmación en 35 mm., tal es el caso de El viaje hacia el mar de Casanova sobre texto célebre de Juan José Morosoli o La señal, de Buela.

También estan por ahí Mala Racha, largometraje escrito y dirigido por Daniela Speranza, El último combate de Ricardo Romero, cuyo rodaje comenzó en agosto del año pasado y Los Durmientes, título provisorio del largometraje de Diego Arsuaga.

Aunque todavía quedan algunas exhibiciones pendientes, (como la de Maldito hereje de Hermes Millán), y otros proyectos a mediano y/o largo plazo (El día después de la noche anterior, largometraje de Carlos Ameglio escrito por el propio director en colaboración con José Pablo Feinman, también donde podría encajar Torquator, una inquietante novela de Henry Trujillo que sería dirigida por Aldo Garay) la suerte está echada.

Ojalá que resulte un proceso tan creativo como irreversible. Un siglo ha sido mucho tiempo de espera.

Te recomendamos

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje