El que nos hizo ver la vida tal cual es

Hace cien años nacía Enrique Santos Discépolo

Sin duda fue Discépolo uno de los hombres más gráficos para registrar a ese ser ciudadano rioplatense que día a día deambula con su carga de vida, de alegría y de dolor. Y lo hizo con sensibilidad y hondura. Con un decir, un estilo y un tono que no tiene igual. Fue uno de los hombres más rotundos que vivió y sufrió por estos lares, tenía algo de místico en ese físico flaco y corroído, como si éste hubiera sido construido para formar parte de una necesidad histórica y filosófica. Le brindó al tango una visión escéptica y desesperanzada, haciendolo por momentos reflexivo, a veces patético, tragicómico y en ocasiones satírico, estableciendo parámetros que reflejaban desde el drama personal hasta una realidad sociopolítica. Era un contestatario y un gritón, un desesperado por despertar conciencias, lo aprendió en sus años de adolescente, cuando su hermano mayor Armando lo hacía frecuentar las ruedas de los cafés Centenario o el Oberdam, donde escuchaba las discusiones de poetas, filósofos de café, artistas de teatro, escritores y anarquistas, quienes le fueron abriendo el oído. Allí entendió que todo lo que llevaba dentro de su cuerpo flaco lo podía expresar en versos, en poesía, en música, en arte y en gritos. Chorra, Infamia, Cambalache , Yira, Yira y Qué Vachaché, son un grito. En ese espectro intenta hacer reflexionar y rescatar al hombre del siglo veinte, dentro de los límites de una canción. A ese hombre le propone cantar opinando sobre la problemática de las criaturas que viven en ciudades, como Buenos Aires, socialmente agresivas, con un temperamento caótico. Gran parte de esta obra literaria la escribe en los años treinta, la llamada década infame en Argentina, y lo hace cuando las letras de los tangos estaban sólo referidas al sentimiento individual, al coraje del guapo, a la fuga femenina, a la vieja, al conventillo y al farolito de la esquina. Algunos, erróneamente, creen encontrar en Discépolo, un cronista ciudadano que exacerba el derrotismo en muchas de sus obras. No es así. El escritor argentino Luis Adolfo Sierra sostiene que «en el encanto de su poesía, hay un hálito de paradójica esperanza, como si en los tintes renegridos de tanta adversidad aprisionada, se propusiese liberarnos de semejante suerte. Y es ahí, precisamente, donde está el artista genial, el artífice del grotesco, que hace revolcar sus criaturas en medio de una dignidad profundamente constructiva. Discepolín jamás desciende el umbral de la blasfemia. Prefiere ridiculizar la inmensidad del drama íntimo al extremo de lo burlesco, provocando la sonrisa tras el patetismo de los humanamente irreparable. Y lo dice con conmovedor realismo».

Más allá de los tangos

Esos tangos que reflejaron el dolor y la angustia de las injusticias del ciudadano de hoy en parte minimizaron la otra obra de Enrique Santos Discépolo, la del dramaturgo y argumentista cinematográfico. En varios de estos trabajos se encuentra un artista integral, ávido de establecer el contacto con el público por todos los canales de comunicación que se hallaran a su alcance.

Para ello, llega a interpretar papeles de reparto y protagónicos en teatro y cine. Escribe y dirige obras teatrales, «Los duendes», «Páselo, cabo», «Caramelos surtidos» y «Blum», son algunas de las más recordadas. Elabora el argumento de varias películas, entre las que se destacan «Yo no elegí mi vida» y «El hincha», mientras que sobre el final de sus días conduce un programa radial bajo el seudónimo de «Mordisquito». En todos sus tareas Discepolín desparramaba dinamismo, que le nacía del diario vivir, del Cambalache, de los laburantes sin futuro, de los honrados, de la moral y del fervor de los que están instalados en los costados más sencillos de la vida.

El hombre que está solo y espera

A muchos de los personajes de sus tangos se les puede considerar que son hermanos de las criaturas que pueblan y circulan por las crónicas y las novelas de Roberto Arlt, mientras que en otras parecen ser una réplica tanguística del porteño que Raúl Scalabrini Ortiz identifica en la esquina de Corrientes y Esmeralda con su obra «El hombre que está solo y espera». Horacio Ferrer manifiesta en su «Libro del tango» que Discepolín «fue el sacerdote invisible de esa religión ciudadana que abraza ´el hombre que está solo y espera´, que sin llegar a arrodillarlo en su templo espiritual, lo sentó acodado sobre las mesas de madera del café a rezar las paganas oraciones de sus tangos».

Nació hace cien años y vivió solamente cincuenta. Su obra de poesía descarnada, con tintes de permanente melancolía, conviene siempre repasarla y revalorizarla. Su otra obra, la de la denuncia de aquello que la vida y la sociedad le sigue negando a los hombres todos los días sigue presente y vigente. Tal vez por eso se murió de espanto.

Te recomendamos

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje