Todos quedaron felices y hermanados

Un Oscar para cada uno

Finalmente esa cenicienta y actriz correcta que es Julia Roberts logró ingresar del todo en su sueño americano al obtener la estatuilla por su rol en Erin Brockovich. Bob Dylan también tuvo su Oscar, todo un mensaje de la Academia a un símbolo de la loca disidencia contracultural de los sesenta. Y Gladiador, cantadísimo. Soderbergh, muy feliz. O sea, todos felices y hermanados.

Uno debe preguntarse si la reciente entrega de premios Oscar a la feria de vanidades hollywoodense no fue quizás la más democrática de los últimos años. Probablemente sea así, ya que la disposición de premios cumplió en definitiva con los objetivos de una interna que seguramente estaba trazada.

División de honores, desde luego, garantizada con el hecho de tener a todos contentos por participar de la primera ceremonia del Oscar del siglo XXI. Hasta Bob Dylan, con su canción «Times Have Changed» incluida en el filme Fin de semana de locos de Curtis Hanson (se ha visto la sinopsis reiteradamente, así que esperemos que los distribuidores locales se decidan a estrenarla), obtuvo una estatuilla a la mejor canción original, pero el asunto es que se estaba galardonando al símbolo de una generación antiestablishment que prosigue en esa conducta.

Basta recordar las muy protocolares palabras –satelizadas desde Australia– de Dylan para darse cuenta que el judío de Minessotta le dio poca importancia al tema, como un auténtico «like a rolling stone».

Que Julia Roberts, por debajo en tanto performance (en Erin Brockovich) del resto de sus circunstanciales competidoras, iba a toparse al fin con la estatuilla parecía una obviedad encima de otra obviedad. Que un independiente como Steven Soderbergh iba a ser canonizado por la Academia de Hollywood, y como habíamos anticipado en un artículo anterior, iba a acariciar su Oscar a mejor director, estaba en la tapa del libro.

Acaso porque Holywood sabe que en Soderbergh tiene a uno de los cineastas más creativos de las últimas décadas (aunque paradójicamente su obra maestra siga siendo Sexo, mentiras y video) y por cierto, de los ‘indies’ (los independientes), ha sido el más flexible en cuanto a negociar y meterse ya de pleno en los mecanismos de la megaindustria que despliega millones de dólares.

No ha sido el caso de otros talentos mayores tan importantes o trascendentes como Soderbergh: piénsese en Jim Jarmusch, Hal Hartley o Allison Anders, por citar tres ejemplos, suma de creadores que no necesitan ni necesitarán de la industria hollywoodense para construir sus fascinantes películas. A. Soderbergh, de aquí en más, le caerán proyectos y más proyectos y tendrá vía libre para utilizar presupuestos altos y elencos con cachets altos. ¿Es lo que pretendía Soderbergh? Tal vez. Ojalá su inteligencia le coloque una pizca de reflexión y pueda en el futuro movilizarse sin que se lo devore la máquina industrial. Tiene inteligencia de sobra para que no ocurra.

Que El tigre y el dragón, de Ang Lee, obtuviera cuatro premios Oscar y entre ellos el cantadísimo a mejor película extranjera, es una demostración cabal de esa situación de división de honores. Debió ganar quizás un Oscar más en la categoría vestuario (fue para Gladiador), pero todos estaban rebosantes de alegría y los técnicos chinos tendrán asegurados, de aquí en más, trabajos varios en Hollywood. De igual modo es la situción de Ang Lee: muy pronto tendremos un nuevo filme suyo. Y que, por supuesto, todos los caminos conducían a Roma (de la cual Hollywood no teme en igualarse por su opulencia, sus caprichos, sus ostentaciones y alguna que otra mezquindad, alguna que otra penitencia) al paso vengador del personaje compuesto por Russell Crowe.

Gladiador se llevó cinco Oscar y desde luego el de mejor película, curiosamente cuando se trata de una épica menor rodada por un grande como Ridley Scott.

Pero así es la Academia de Hollywood: cuando Scott estrenó uno de los mayores largometrajes de la historia del cine como lo es Blade Runner, la crítica especializada estadounidense la aplastó. Harrison Ford, su protagonista, rumbeó hacia otros escenarios. Se dijo que la película había sido un fracaso letal y Ridley Scott, que no masca vidrio, sin perder su refinamiento, su inexcusable poderío visual y sus dotes de narrador, fue aggiornándose hasta arribar a la épica menor de Gladiador.

Ninguna obra maestra hubo entre las cinco candidatas, pero había una sensación fascinante en el modo estilístico y en la plasticidad de El Tigre y el dragón, tal vez la mejor película del quinteto.

Estaban Traffic y Erin Brockovich de este nuevo Soderbergh, películas que están por debajo de sus reales potencialidades creativas; basta pensar en ese ejercicio de relojería que viene a ser Vengar la sangre, su anterior filme fundado de modo independiente y se llegará al acuerdo de que este sensible cineasta está para muchísimo más, aunque Traffic parece haberle conformado lo suficiente. Está bien hecha, pero eso es moneda corriente en Soderbergh.

Si no fuese por la brillantez de Benicio del Toro (el Oscar mejor otorgado), ese grande que bien podría ponerse a cantar gangsta rap por las calles de Los Angeles, y asimismo por los artilugios del montaje, el título de Soderbergh sería –para parafrasear a Pound– uno más en la multitud.

Todos contentos, hasta los astronautas que iniciaron la transmisión de esta ceremonia extensa, estupendamente conducida por Steve Martin (sus gags fueron de alta factura), resuelta a nivel escénico con buen gusto y notable sincronicidad. Nada nuevo bajo los spots hollywoodenses.

Te recomendamos

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje