Artes Visuales

55 mil dólares para el Salón

Nelson Di Maggio

El nombre de Salón proviene de las exposiciones que se organizaban en el Salon d’Apollon del Palacio del Louvre. El primero fue en 1667 y se limitaba a los miembros de la Academia Real de Pintura y Escultura. Empezaron siendo anuales y luego, a partir de 1737 y hasta la Revolución Francesa, dos veces por año, para quedar de nuevo una sola vez. El sistema de selección por jurado se introdujo en 1748. Como eran las únicas exposiciones públicas en París dominaba el arte académico oficial.

En el siglo XIX los artistas innovadores organizaron salones rivales. El Salón de los Independientes apareció en 1884, organizado por la Sociedad de Artistas Independientes donde pontificaban Seurat y Signac. No había comité seleccionador y cualquier artista podía exponer previo pago de una cierta cantidad. Hasta la Primera Guerra Mundial fue el Salón más importante. El Salón de Otoño se fundó en 1903 como alternativa a los dos anteriores y sus fundadores fueron Matisse, Rouault, Marquet, que en 1905 irrumpieron con la violencia de los fauves. Antes, el Salón de los Rechazados de 1863, recibió las obras de los artistas no aceptados en el salón oficial, auspiciado por el emperador Napoleón III. Fue objeto de burlas y el blanco favorito fue Déjeuner sur l’herbe (Almuerzo campestre, inspirado en Tiziano) de Manet. Todos contribuyeron al desprestigio del más antiguo de los salones pero, con el tiempo, también ellos sufrieron el desgaste de la organización que no varió sustancialmente. Lo cierto es que los salones tuvieron buen éxito en todos los países y se mantuvieron hasta hace pocos años. Hoy ya nadie se acuerda de ellos: tienen otras denominaciones menos monárquicas (bienales, premios, concursos, encuentros).

En Montevideo, el Salón Nacional- Primera Exposición Anual de Bellas Artes, se estableció en 1937, inaugurado en la planta alta derecha del Teatro Solís. Fue la resultante de un decreto fundacional de la Comisión Nacional de Bellas Artes (firmado en 1936 por Terra y Martín R. Echegoyen) que presidiría Eduardo Víctor Haedo, que en 1937 ocupó el cargo de ministro de Instrucción Pública, encargada de instrumentar el Salón. Un catálogo modesto, sin reproducciones, enumeraba los miembros del jurado (críticos Eduardo Ferreira, Argul, arquitectos Berro, Carré, Herrera Mac Lean, escritor Montero Bustamante, pintores Barthold y Bazurro, escultor Belloni), los cometidos del salón y el reglamento, premios y recompensas importantes para la época.

Entre las 232 pinturas del elenco de artistas admitidos (la mayoría hoy totalmente olvidados y olvidables) estaban obras de Pedro Figari (cuatro cartones), Ricardo Aguerre, Zoma Baitler, José Cuneo (ranchos y lunas), Alberto Dura, Oscar García Reino, Adolfo Halty, Guillermo Laborde, Vicente Martín, Amalia Nieto, Amalia Polleri, Manuel Rosé, Carlos Roberto Rufalo, Mario Radaelli, Alfredo F. Sollazo, Luis Scolpini, Luis A. Solari, Petrona Viera y Juan Ventayol. Es de hacer notar la ausencia de Torres García y sus discípulos. A fines de la década del sesenta el salón se actualizaría con intervención de nuevos lenguajes para caer en la rutina y el desprestigio durante la dictadura militar.

Para mantener la tradición, el Salón Nacional de Artes Visuales se inaugurará el 25 de agosto en el Museo Nacional de Artes Visuales. El Gran Premio consistirá en 20 mil dólares, Primer Premio y Segundo Premio de 10 y 5 mil dólares respectivamente. Se agregarán 20 mil dólares para adquisiciones y menciones provenientes de diversas instituciones estatales. Los envíos deberán entregarse en el Museo del Parque Rodó los días 2, 3 y 4 de julio de 2000, entre las 13.00 y 19.00 horas y cada concurrente deberá presentar tres obras, sin limitación de lenguaje, » aunque preferentemente se busca testimoniar con esta muestra las manifestaciones que recojan una sensibilidad actual en materia expresiva», según estatuye el reglamento.

A partir de ahora, el Salón Nacional de Artes Visuales se presenta como el mayor certamen artístico del país, superando a los particulares y a los manipulados por embajadas extranjeras. Es reconfortante saberlo y hay que felicitar al doctor Antonio Mercader, ministro de Cultura, autor de la importante iniciativa que apunta a vigorizar la actividad artística, tan necesitada de estímulos.

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