El mismo amor, la misma lluvia: una película de lujo

Resultó la primera sorpresa del festival. Un filme argentino dirigido por Juan José Campanella que, inexplicablemente, no contó en su momento con los votos necesarios para que fuera postulado al Oscar por Mejor Película Extranjera en Hollywood a pesar de haber cosechado una docena de candidaturas al Premio «Cóndor» en la vecina orilla; esas contradicciones casi paradójicas que neutralizan –e incluso perjudican– la verdadera difusión que podría (y debería) haber tenido esta realización desde el comienzo.

La obra en cuestión relata, en tono de agridulce comedia, las idas y venidas de un romance postergado que nace a principios de los 80, transita los avatares de la república hermana (desde el ocaso de los «años de plomo», la invasión a las Malvinas y el correspondiente retorno a la democracia), entrecruzando destinos en un nivel de comedia humana minimalista. En estos senderos que se bifurcan, para unirse y desunirse intermitentemente, el pulso de Campanella logra otorgar una entrañable credibilidad a esa pequeña historia dentro de la historia donde un joven escritor en ascenso (Ricardo Darín) conoce a una extraña mujer (Soledad Villamil) que cambiará su vida. A partir de ese encuentro fortuito, el largometraje se toma su tiempo para ir mostrando la evolución del personaje protagónico a través de una mirada sarcástica que enfoca su trabajo como periodista de un magazine farandulero («Cosas») mientras registra esas renuncias grises de todos los días que van diluyendo ilusiones y escrúpulos.

Lo interesante del filme es que el director no cae –bajo ninguna circunstancia– en un discurso facilongo sobre ideales perdidos o ilusiones rotas. Campanella se juega sin pudores al plano emotivo –es cierto–, pero sin perder de vista la sobriedad en la narración cinematográfica. Este difícil equilibrio hace que su puesta en escena, con una suerte de final circular y abierto, respire realidad y se convierta en un fragmento reconocible de esa vida que circula a la vuelta de la esquina porque, justicia es decirlo, El mismo amor, la misma lluvia, es una humilde lección de ese cine espejo que nos identifica con la modesta dignidad de una cultura popular planteada a las mil maravillas. (Algo que, lamentablemente, no puede decirse de No Coraçao dos Deuses, de Gerlado Moraes, el otro largometraje en programa que resultó ser una suerte de Indiana Jones a la brasileña).

Con un guión absolutamente realista y la destacada actuación de Ricardo Darín en su mejor momento y una espléndida Soledad Villamil –además de un sólido elenco que incluye a Ulises Dumont, Eduardo Blanco y Alfonso de Grazia–, la obra en cuestión llegó directo al corazón del público del Cine Cantegril. Y esto es bueno. Muy bueno.

Te recomendamos

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje