La persistencia, en el teatro Stella
La crisis comenzó el 1º de setiembre de 2004 cuando un grupo de chechenos armados, los «Mártires Chechenos», dirigidos por Shamil Basayev, asaltó la escuela Nº 1 de Beslan y tomó de rehenes a más de 1.100 personas, de las cuales 777 eran niños, exigiendo el fin de la Segunda Guerra de Chechenia.
Las negociaciones, cuya existencia es negada por algunas fuentes, se iniciaron de inmediato; fueron infructuosas, aunque varios niños fueron liberados. El tercer día, en tanto se estaría negociando, una explosión accidental, punto en que ambas partes están contestes, desató la conflagración general. Las tropas de asalto rusas emplearon tanques, morteros, cohetes y armas pesadas contra el edificio; el impacto de un cohete lanzado desde un helicóptero ruso dio en el techo del gimnasio, causó su incendio y posterior derrumbe, que generó gran número de víctimas. Siguió una confusísima batalla al cabo de la cual hubo entre los rehenes 334 muertos, de los cuales 176 niños; todos los rebeldes murieron. No hubo prisioneros.
Los rusos han sido acusados con justicia de la destrucción y saqueo de Grozny, la capital de Chechenia, de practicar la tortura sistemática contra los jóvenes, rebeldes o no, así como violaciones, contrabando y malversación de dinero.
Los medios de comunicación rusos, con escasas excepciones, silenciaron el episodio; Akman Kadyrov, presidente de un gobierno títere pro ruso desde fines de 2003 (luego asesinado, en el mismo año 2004) y su hijo y sucesor Ramzan Kadyrov, que organizaron y comandaron siniestros grupos paramilitares, fueron acusados de graves crímenes por la periodista rusa Anna Politkóvskaya, a su vez asesinada en Moscú el 7 de octubre de 2006.
Es impensable estar a favor de la muerte de los niños; es también impensable estar a favor de la muerte de rehenes o de prisioneros, que de todo esto tuvimos los uruguayos. Hoy parece que antes de empezar a hablar de política hay que rasgarse las vestiduras, horrorizarse ante la lucha armada y, luego de tomar un poco de agua bendita, pagar la prenda de la renuncia al derecho a la insurrección. El derecho a las armas es toda una tradición en nuestro país, siempre que el gobierno se subleva: creemos que Artigas o Saravia no hubieran entendido siquiera a un periodista que les preguntara si renunciaban a la lucha armada. Las revoluciones fueron heroicamente representadas por el Partido Nacional, hoy un dedito inquisidor de cualquier armamento o rebeldía de pie, así sean unas módicas piedras referidas a la visita del indeseable Bush (el Partido Colorado, autor no arrepentido del genocidio de Salsipuedes, sucesor de quien se abrazó con el asesino de Idiarte Borda en la misma noche del crimen, está fuera de concurso). ¿Actuó mal, fue poco demócrata o, en cambio, fue todo el honor de Alemania Klaus Von Staufenberg, al planear su atentado contra Hitler? Parecería que nadie leyó bien la Declaración de la Independencia de Estados Unidos (Jefferson, 1776) en la cual se declara el derecho, y aun el deber, de derrocar al déspota, o el pensamiento de Gandhi («cuando el dilema es entre la cobardía y la violencia, hay que decidirse por la acción violenta»; en «Mahatma, life of Mohandas K. Gandhi, D.G. Tendulkar, 1951). Nelson Mandela y su partido, el African National Congress, carecieron del apoyo de Amnesty International porque nunca renunciaron a la lucha armada.
Si se ve el pretexto anecdótico de «La persistencia», no es claro el tema de la dramaturga. ¿Se trata del castigado lugar común «la violencia engendra la violencia»? (el que lo dice primero en una discusión, meneando la cabeza, se anota un tanto) ¿O es, quizás, «hasta las madres y los niños son culpables? (la variante triunfadora, que también se anota un tanto en toda discusión sobre jóvenes drogadictos o rapiñas en Piedras Blancas, es «todos somos culpables», que equivale a «nadie es responsable», y a seguir la siesta). En la obra Zaida (Luciana Acuña), esposa del brutal e insensato guerrillero Enzo (Fernando Amaral), no tiene ningún propósito patriótico: sólo quiere vengar a su hijo, víctima anterior de otro atentado. Boris (Javier Barboza), otro guerrillero, es muerto por Zaida de un tinguiñazo; Luis Jaunarena encarna a «El Silencioso», un personaje que se pasea por la escena haciendo sonar dos o tres notas de un instrumento musical que no pudimos ver y llevándose unas piedras. Hemos leído, maravillosa metáfora, que es Dios, insensible a nuestros dolores. No lo reconocimos. El desarrollo de la obra, sea cual fuere su tema, es abstracto, frío. La autora adopta, mediante un vocabulario paupérrimo, lo que hoy se llama «estética de la fragmentación»: no se cuenta ni la más simple historia por derechas y sí se lanza sobre el espectador un entresacado de piezas sueltas, para armar algo que no se sabe qué es. El efecto global, como siempre ocurre en estos casos, es aburrido y distante, lo que no se aviene con el tema propuesto. El efecto emocional es tan evidentemente buscado que nadie se conmueve. ¡Pero nadie puede dejar de conmoverse con esta muestra de hasta dónde puede llegar el odio, etcétera! Ay, los niños de Beslan, muertos y todo, vuelven a ser rehenes. LA PERSISTENCIA, de Griselda Gambaro, con Luciana Acuña, Javier Barboza, Fernando Amaral y Luis Jaunarena. Iluminación de Carlos Torres, escenografía de Fernando Scorcela, vestuario de Ana Lasanta, dirección de Mariana Wainstein. En el teatro de Stella D´Italia.
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