La ropa. Obra de Andrea Garrote, en Espacio Teatro

Cuando dos mujeres hablan por cuatro

Si el marido de una de ella le es infiel, lo que señalaría un problema sin resolver, se responde con un encogimiento de hombros de aparente sabiduría o con un nuevo vestido.

La amante no sale mejor parada, una vez que la conocemos y comienza a hablar. En el fondo, todos los personajes parecen víctimas de su narcisismo, de la busca de la propia belleza, que se persigue desde dentro, sin recurrir siquiera a espejos o a estanques límpidos.

La obra era viable a un ritmo muy vivo, consecuente con el espíritu bromista que revela el texto: una escenificación donde no hubiera tiempo, no ya de reflexionar, sino ni aún percibir la insensatez general; donde todas las mujeres parecerían más dementes que tilingas. En la puesta en escena de Pilar de León todo es grave, serio y en particular sobreabundante, como que comienza por amplificar las dos actrices originales a cuatro, lo que hace confusa la acción. En esta forma coral, las frases inconducentes parecen siempre a punto de perderse en el vacío: vienen y van con lentitud y sin una migaja de humor; no es posible saber a dónde va la obra y se anuncia el tedio. Los males de origen se agravaron, todavía, con complicaciones superfluas. La directora dispuso que una primera parte de la obra, de unos veinte minutos de extensión, sucediera en la escasa dimensión de un patiecito o rellano del primer piso de Espacio Teatro. Allá fueron las actrices, con sus extrañas ropas uniformes, resueltas y rápidas, de izquierda a derecha, de adelante hacia atrás y zigzagueando entre los arracimados e incómodos espectadores, que resisten estoicamente de pie y sin saber para dónde mirar. Siguió a esta escena otra, más anecdótica y más arbitraria aún, donde los espectadores, esta vez sentados, debieron iluminar la escena con linternas provistas por el teatro.

Las actrices charlan, larga y vacuamente, sobre la compatibilidad de situaciones como «tortuosa pasión» e «insulsa compañía». Como la idea fue sacudir y provocar, todavía hubo que levantarse y pasar a la sala «El bardo» propiamente dicha, donde autora y directora terminaron de aturdirnos con reiteradas frases que a nada conducían.

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