Pintura virreinal boliviana
El vasto e importante patrimonio cultural de la época colonial en América Latina es, principalmente, desconocido de los propios habitantes de la región. Por diferentes y complejas razones, entre ellas las económicas y de voluntad cultural, han sido escasas las oportunidades que se han ofrecido para conocer (y admirar) como la producción de la Escuela Quiteña (la más difundida) mexicana y peruana. Por una de esas casualidades del destino, llega ahora El retorno de los ángeles que, desde el sugestivo título, tiene un atractivo indudable.
La pintura boliviana nace porque la traen los invasores españoles. Los indígenas no eran pintores y se dedicaban a los textiles, a los policromados escultóricos, a ciertas formas pictóricas decorativas y en en especial cultivaron las artesanías. Pero el cuadro de caballete (como los pinceles y la tela), fue un objeto de importación. (Bolivia fue fundada sobre el territorio que pertenecía a la Audiencia de Charcas y hasta 1776 formó parte del Virreinato del Perú, antes de ser anexada al Virreinato de Buenos Aires).
Aunque tienen un origen común, las escuelas pictóricas virreinales se diferencian con acentos locales. Todas surgieron bajo la influencia de artistas italianos, flamencos (los manieristas de Amberes) y españoles de las épocas manierista y barroca. Se traían cuadros de Zurbarán (el que más influyó), Murillo, Giuseppe Ribera, Guido Reni, Valdez Leal, de los flamencos Fourchaudt, Wolwaert, William Key, Pieter de Coeck y Pieter Aersten, así como numerosos grabados y láminas de cobre pintadas que sirvieron de modelos para los pintores mestizos y que las diferentes órdenes religiosas (en especial, la jesuítica) consideraron como una manera de acelerar el proceso de cristianización y de afirmación del dominio monárquico.
Una contribución esencial para la aparición de la pintura virreinal boliviana fue la venida de algunos artistas europeos. Bernardo Betti (1548, Ancona, Italia-1610, Lima) estudió en Roma y es posible conjeturar que conoció los continuadores de Miguel Angel e incluso al propio Vasari. Recaló en Lima en 1575, donde tuvo su principal centro operativo, pero también se estableció en Cuzco, La Paz y Chuquisaca, y su estilo dejó profunda huella en los artistas locales, pues se lo considera el iniciador del manierismo en el virreinato peruano, formando discípulos en Ecuador (fray Pedro Bedún), de quien deriva la pintura quiteña. De una tónica arcaizante inicial, se pasa al manierismo, al barroco y al realismo caravagesco, hasta decaer, a fines del siglo XVIII en los formulismos clásicos.
La mayoría de las obras fueron ejecutadas por artistas anónimos pero se registran algunos nombres importantes: José López de los Ríos, llamado Maestro de Calamarca, una aldea a sesenta quilómetros de La Paz, que innovó en la iconografía con sus ángeles arcabuceros, Leonardo Flores, el indio Diego Quispe Tito y, la mayor figura del siglo XVIII, Melchor Pérez de Holguín (1665, Cochabamba- 1724, Potosí), que dejará huellas en sus seguidores (Gaspar Miguel de Berrío, muy afecto al «brocateado», elementos decorativos hechos no por el pintor sino por un dorador, Nicolás Cruz, Joaquín Carabal).
El retorno de los ángeles tiene curadoría de José de Mesa, eminente historiador boliviano con numerosos libros publicados, y Norma Campos, especialista en museología. Fue exhibida en la Capilla de la Sorbona, París, en la Academia de San Fernando, Madrid, en Río de Janeiro, Bogotá y México y, si es posible concretar, en Buenos Aires como último destino.
La muestra se concentra en torno a dos series. Angeles y arcángeles, por un lado, y santos y vírgenes, por otro. Los ángeles se dividen en ángeles jerarquía (hay nueve jerarquías establecidas por Dionisio Areopagita: serafines, querubines, tronos, potestades, virtudes, poderes, príncipes, ángeles y arcángeles) y ángeles arcabuceros o militares. Los ángeles arcabuceros (metáforas del rayo y el trueno, para remplazar las idolatrías paganas) son muy originales, pues están vestidos con uniformes militares de la época, sus opulentas vestimentas barrocas que remiten a la moda flamenca en los detalles de las telas, cargando el arcabuz, con sus mechas, listos a disparar, y a veces, también blandiendo la espada. Son ángeles vengadores. Si se les retira las alas que los singularizan son, simplemente, guerreros jovencitos y rubicundos al servicio de la corona española. Otras obras registran escenas bíblicas, con naturalezas muertas representando frutos americanos, algunas con una narrativa curiosa de diferentes situaciones temporales en la misma escena.
No fue tarea fácil para los organizadores convencer a particulares a desprenderse durante muchos meses de cuadros integrantes de un ambiente familiar ni tampoco a los lugareños de Calamarca a dejar salir las obras de la iglesia.
Lo consiguieron y ese patrimonio valioso se difunde fuera de fronteras, junto con los marcos dorados y labrados de un imaginativo diseño epocal.
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