Para todos. Tabaré Vázquez dijo que hay que abrirlo al pueblo

La esperada resurrección del Sodre

El acto trasmitió una vibración especialísima. Se habló de deslumbramiento. La soprano María José Siri, una de las solistas de la Sinfonía Coral, expresó: «¡Fue una cosa maravillosa la energía que se sintió!».

Para mí se sumó además la circunstancia de encontrar viejos amigos entre los ejecutantes (el concertino Daniel Lasca, los hermanos Rodríguez, con quienes compartimos tantas jornadas en el exilio), junto a la camada de jóvenes ejecutantes. Y también el recuerdo de figuras que se nos fueron, como el violinista Lauro Fernández, delegado en su tiempo de la orquesta sinfónica. Algunos veteranos me comprenderán.

Es que yo con el Sodre tengo un pacto de sangre. Desde la temprana adolescencia, cuando una presencia entrañable me abrió ese mundo maravilloso. La primera obra que escuché fue la Pastoral en una velada musical organizada por una asociación estudiantil. Desde entonces el Sodre no me abandonó nunca. La CX 6 estaba prendida a permanencia. El dial no se movía de allí. Estudiaba escuchando música. Después fui un entusiasta seguidor de las clases magistrales que daba Luis Pedro Mondino por la radio, con un fino espíritu didáctico, ilustrando sus palabras con ejecución de fragmentos sinfónicos. Guardo todavía en la memoria algunas de las imágenes con que lograba acercar a un público nuevo a los secretos de la música.

Después, ya en Preparatorios, tengo cero falta en los conciertos de los sábados a las 18.33. (En otra ocasión conté cómo hacíamos para entrar sin pagar un grupo de muchachos pobres, como el pintor José Gurvich y otros). Leíamos con delectación «La religión de la musique» de Camille Mauclair. También recuerdo frases inspirados sobre «la lana sorda de los contrabajos» y otras bellezas. Tuvimos ocasión de escuchar a Erich Kleiber en las sinfonías de Beethoven, a Fritz Busch, entre los uruguayos a Héctor Tosar Errecart, a Estrada dirigiendo, a Hugo Balzo tocando el Concierto para la mano izquierda, de Ravel; a Yehudi Menuhim, vestido simplemente en traje gris de calle, en una versión memorable del opus 61; al argentino Juan José Castro, la elegancia personificada, en la primera audición mundial de la Sinfonía de Leningrado de Shostakovich; al violoncellista Matislav Rostropovich, que según el crítico de Marcha Mauricio Müller tenía su cuarta cuerda en el espacio exterior, y que después en la embajada soviética nos regaló un Amor Brujo tocado con toda su magia y furor. Son los recuerdos que afloran. Hay muchísimos más, a lo largo de muchos años.

Ya no hablo de lo que fue para aquella generación Cine Arte del Sodre, que nos descubrió otro mundo. Vaya aquí un recuerdo para Danilo Trelles, su factótum.

Tabaré Vázquez dijo en su notable discurso que ahora, después de 38 años de ausencia, hay que abrir el Sodre al pueblo. A todo el pueblo. Incluyendo, creo, a los niños de las escuelas, para ponerlos en contacto desde la infancia con estas maravillas creadas por el genio de los hombres a lo largo de los siglos. Para que puedan vibrar y emocionarse con esa expresión de los sentimientos, de las pasiones, de los sueños más profundos de los seres humanos. Eso tiene que llegar a todos. Es sencillo hacer una lista de buenas obras musicales y poner a los niños en contacto con ellas como forma de introducirlos a ese universo, para que después lo sigan cultivando por su cuenta. El discurso del presidente fue de una gran amplitud. Mencionó uno por uno a todos los que habían participado en esa magnífica realización: a los trabajadores, a los técnicos, a los que le dieron impulso vigoroso desde los ámbitos de su especialidad. No faltó ninguno. Todos fueron invitados al ensayo general de la víspera. Es otro hecho notable que acompañó la inauguración. (Lástima que no haya sido interpretado por quienes, con su ausencia deliberada y concertada, dieran muestra de una pequeñez de espíritu que contrasta con el ánimo nacional y constructivo de la celebración).

Esto último es lo que importa. Están desde ahora abiertas las puertas del Sodre de par en par, en condiciones óptimas, para nuevas realizaciones en varias esferas del arte y para que se llene de un pueblo ávido de disfrutarlas y, con ello, de elevarse y acrecentar su autoestima.

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