Arsenal atómico
Como para dar crédito a las rotundas denuncias del diputado Gustavo Borsari a propósito de los fines inconfesables que tenía el contador Feldman con su arsenal, he aquí la prueba concluyente de la peligrosidad del sujeto y sus amigos Marenales, Mujica & Compañía:
«Feldman era un uranio, no se daba con casi nadie (el único contacto social era con su empleada) y sus contactos telefónicos eran mínimos».
Claro, ¡quién se iba a animar a tener contactos nada menos que con el uranio! Yo supongo que los vecinos y cualquier cristiano rajarían de apuro para evitar toda contaminación radiactiva. Y me permito sugerir a las autoridades que busquen a la rubia misteriosa en los centros de medicina nuclear. En lo mejor de mis reflexiones, me interrumpe Pereira:
–Pero no sea capincho, Mendieta –me espeta el muy audaz– ¿no ve que lo que quiere decir la información es que el pobre Feldman era un espíritu contemplativo, preocupado por la astronomía?
–¿Pero qué está diciendo, Pereira?
–No me diga que no sabe que el adjetivo ‘uranio’ significa «perteneciente o relativo a los astros y al espacio celeste». De donde colijo que se juntaba con la rubia para escudriñar el cielo nocturno. Habría que averiguar no en el Polígono de Tiro sino entre los clubes de amigos de la astronomía –concluyó Pereira.
Confieso que no había tenido en cuenta esa posibilidad nada descabellada, pero tratándose de un arsenal, me pareció más lógico vincular al contador con ese elemento radiactivo blanco que se utiliza como combustible nuclear para reactores y bombas atómicas cuyo símbolo químico es U, y cuyo peso atómico es 238,07.
Luego de estos razonamientos, me rendí al arrullo de Morfeo. Pero poco duró mi descanso pues despertéme, cual Arquímedes, gritando ¡eureka! Si el pobre Feldman no se relacionaba con nadie, es que era, en realidad, un huraño («que huye y se esconde de las gentes», según el mataburros), sólo que el redactor de la noticia creyó del caso eliminar la hache (total, no suena) y trocar el grafema eñe por ene i.
–Lo felicito por su perspicacia, Mendieta. Ahora mande la vuelta que voy a tomar una cania cortada con niangapiré.
–¡Qué lo parió!
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