El arte textil ya no es lo que era
En las décadas del sesenta y setenta el arte textil en Uruguay sorprendió por la repentina madurez técnica adquirida en pocos años. No existían instituciones formativas establecidas. Tampoco se contabilizaban antecedentes, apenas los escasos y esporádicos de Carlos A. Castellanos y el Taller Torres García, ya que Oscar García Reino, especializado en la técnica de gobelino en Europa, nunca la practicó ni consiguió un lugar para enseñarla, más allá de unos pequeños intentos. Años dorados, cuando surgieron personalidades que marcaron la historia del tapiz nacional (Cecilia Brugnini, Ernesto Arostegui, José M. Cardoso, Mario España, Carlos Villalba, Ana M. Abbondanza) dentro de las técnicas tradicionales o experimentales y, en ambos casos, cargadas de vitalidad creadora. Otros talentos prolongaron esos maestros (Miguel Arbiza, Felipe Maqueira, Jorge Sosa, Nazar Kazanchian, Alicia Pascale, Jorge Soto, Cristina Casabó, Magalí Sánchez, Gerardo Ruiz, Beatriz Oggero y una larga lista), algunos derivaron hacia la enseñanza, otros prefirieron otras formas expresivas o simplemente abandonaron la actividad. Lentamente, dictadura militar mediante, los fulgores de antaño se desvanecieron y aquel formidable impulso inicial quedó en el recuerdo.
El empeño en realizar anuales encuentros de arte textil persistió, sin embargo. Las técnicas se modificaron, admitieron nuevos e inesperados recursos operativos, pero las nuevas personalidades, del calibre de las ya citadas, no acudieron a la cita. Incluso, muchas de ellas dejaron atrás la inventiva que las caracterizó, absorbidas por la labor didáctica creando talleres de formación.
El 16º Encuentro Nacional de Arte Textil organizado por CETU (Centro de Arte Textil Uruguayo) que se exhibe en el piso segundo (uff!!) del MAPI, registra esa implacable disminución de la inventiva y la renovación, el corto alcance de los proyectos, pensados casi exclusivamente para el Encuentro, como en otros tiempos los artistas pintaban para los salones. Dos equívocos sustentan esta afirmación. El primero, fundar la temática del encuentro en la temática indígena lejana, tan lejana y más artificial que la europea, de la que procede la cultura nacional. Los desencuentros son inevitables, abundando los artificiosos altares laicos, las pretensiones metafísicas, los presuntos vínculos entre el cielo y la tierra, la supuesta fuerza mágica y telúrica de religiones ancestrales. Pura literatura que ronronea las obras sin darles consistencia objetual y expresiva, en las que se advierte la ausencia de un contacto íntimo y reflexivo con los fundamentos socioculturales de que parten.
La porosidad de los diversos lenguajes resultó un fiasco en la mayoría de los oficiantes, con ribetes de patética caricatura en el transitar por narrativas y leyendas o copias y repeticiones escolares. Mantas, manteles, sábanas, bordados, frazadas, collages, huellas, muñecas y acumulaciones en diferentes materiales y formatos, mal iluminados y, segundo equívoco, tratar de competir con la riqueza textural de un viejo edificio, con paredes descascaradas y potentes vigas de hormigón, que agravan, desde el vamos, la fragilidad de las obras expuestas. Incluso los aciertos poéticos de Blanca Villamil en Ritos de luz, apachetas bolivianas, hebras de colores variados dispuestas en paredes de ladrillos grises a modo de muro de anhelos, no consigue crear la suficiente atmósfera de convicción, así como la pequeña y delicada Greca de Alvaro Gelabert se pierde en la contundencia del espacio.
Tampoco parece feliz, en la sala principal del MAPI colgar tapices indígenas sobre una cuerda como un tenderete vulgar que rebaja la calidad del buen material en exhibición. Aunque, por lo menos, el visitante se abstiene de subir varios tramos de una empinada escalera. Es un consuelo.
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