En escena. Obra del dramaturgo Santiago Sanguinetti

Ararat, por la Comedia Nacional en la Sala Zavala Muniz, del Solís

Estamos de acuerdo. Es la idea del autor como escribiente de las musas. No entendemos la relación entre un enajenado sin memoria (Jorge Bolani, un tanto escéptico) para quien es lo mismo matar a una mujer, robar un paraguas o entregarle medicamentos a Catherina Pascale (también escéptica), con una mujer semidesnuda que no está semidesnuda (Claudia Rossi, no menos escéptica), la víctima o amante del desmemoriado (Alejandra Wolff) y el hombre gordo con todos los patitos en una bañera (Juan Carlos Worobiov). Este caos, al que hay que agregar uno particularmente espeso sobre marineros rusos, fue aliviado, con un corte de una media hora, por el tajante director Alberto Rivero.

La última obra que vimos de Sanguinetti se titulaba «Limbo»; y «Ararat» ocurre también en un limbo. Todo vínculo con la realidad del Uruguay de hoy está abolido: como decían antes los filmes, cualquier semejanza es pura coincidencia. Ciertamente, muchachos, no tienen por qué hablar de la dictadura militar. Nadie puede decir de qué temas hay que escribir, y si alguien lo dice habrá que ignorarlo. Pero es todo un síntoma de una educación ajena a la realidad que la «nueva dramaturgia», invariablemente premiada, esté en el limbo y hable del limbo: no hemos encontrado una línea, salvo en «La micción» de Tabaré Rivero (que no es «nueva dramaturgia»), que enjuicie, así sea para absolver o para elogiar, a nuestro gobierno progresista. Les guste o no, los dramaturgos, viejos o nuevos, viven en la historia, viven hoy, en el Uruguay de los asentamientos marginales, de las mujeres y niños golpeados y explotados, de las familias dispersadas hacia otros países porque nosotros no hemos sabido colmar sus expectativas y deseos, de un aumento de la desigualdad, de abortos ilegales y peligrosos, de la tolerancia para la contaminación de aire, agua y suelo, de la benignidad para los crímenes ordenados desde el poder y sobre todo, para los civiles que apoyaron una dictadura que sin ellos no habría existido. Ni siquiera aparecen en sus obras las profesiones, los lugares geográficos identificables, la resonancia de hechos históricos; ni hablemos de los obreros, ya que es de mal gusto mencionar «clases sociales» que gracias al liberalismo económico no existen en Uruguay. Naturalmente, nadie está obligado a escribir sobre temas de actualidad, ni sobre el mundo de hoy. Pero si un poco de ensueño, de alucinación, de fantasía pura, puede ser fascinante, el dramaturgo no puede cortar amarras con la realidad, aunque quiera. Si la irrealidad domina totalmente la escena, aleja al público, que no tiene más remedio que vivir en el mundo, no en Vakulnichuk.

ARARAT, de Santiago Sanguinetti, por la Comedia Nacional, con Jorge Bolani, Lucio Hernández, Catherina Pascale, Jimena Pérez, Claudia Rossi, Alejandra Wolff, Juan Worobiov y Florencia Zabaleta. Escenografía de Hugo Millán, vestuario de Soledad Capurro, luces de Cecilia Carriquiry, música de Eder Fructos, dirección de Alberto Rivero. En el teatro Solís, Sala Zavala Muniz.

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