"Un beso en la garganta, felino y animal"
El «Loquerro», José María Sanz (21/12/1960), cautivó con sus dos metros de altura en despliegue histriónico rebelde, voz ronca y mirada perdida, al mejor estilo James Dean.
Igor Paskual en guitarras y coros; Laura Gómez Palma en bajo; Laurent Castagnet en batería; Mario Fueyo en teclados y coro, y el magistral guitarrista Jaime Stinus lo acompañaron en el recorrido por sus 30 años, para un público que volvió a vivir esa noche los años 80, con mucha fuerza y pasión.
El público fue treintañero. Se hizo presente el séquito que vio nacer la leyenda troglodita y que se quedó con las ganas de disfrutarlos en vivo en las instancias precedentes de la Fiesta X que tras un diluvio bíblico canceló su actuación; y la posterior vez del Velódromo, de un cronometrado recital de 50 minutos.
La banda, que está formada por una parte de sus compañeros de Trogloditas y otros de su último tramo como Loquillo, superaron las expectativas y la idea a priori de encontrar buen rock and roll, con su despliegue artístico: guitarras bien distorsionadas, punteos agudos, muy buen piano y una fuerte y firme batería. Tal como fue.
Se destacó en varios momentos el primer guitarrista, Jaime Stinus, que sobrevoló los aires profundos de la inspiración con brillantes notas para el delirio. Y el pianista, si bien un tanto perdido en el volumen, retrotrajo por momentos la lucidez de la introducción de «Ya no puedo bailar» o el desarrollo de «Mis problemas con las mujeres». La actitud de frontman de Loquillo, con sus pasos tipo Sandro-Elvis, y su explícita entrega total, conjugó la mística conocida.
Un recital equilibrado en su pasaje por los temas más conocidos y los no tanto, que mantuvo en alto al público que acompañó con ovaciones destacadas, en los momentos de punteos particulares o canciones definitivas como «La mataré». Esta canción que ya no tocan en España por respeto y solicitud expresa de organizaciones de defensa de la mujer, porque trata de un hombre que por amor mata a la mujer que no puede tener, no podía faltar en el reencuentro. Así como «Rock suave», que mantiene el «orgullo y equilibrio, individual» de Loquillo y su historia, de «entretener con un digno savoir faire», sugiriendo «ese fondo peligroso que hay detrás» de esa postura romántica de punk rockers: de «pelear hasta ser un homicida, nada más, por ser mi dueño y poder cantar». Loquillo y su banda demostraron por qué los han rotulado en sus comienzos como «demasiado rocker para los punks y demasiado punk para los rockers», y al mismo tiempo alternar estilos con baladas muy bien logradas y blues de perfecto corte y sensibilidad.
«Rock & Roll Star», «Cadillac solitario», «El Rompeolas» y «Todo el mundo ama a Isabel» terminaron por convencer a los no fans, porque unos cuántos esperaron 20 años por un buen recital de dos horas a «full».
Tanto de griego tienen muchas veces los recitales de rock como aquellos teatros incandescentes, cuasi espejo, catárticos, donde realidad y representación se confunden en una excitación colectiva. Y bien se podría decir de este toque y ese clímax. Esa identificación posible que se crea (por aquello también de «Tú tienes tu banda de rock and roll»), de adrenalina y rock and roll.
Definitivamente «Rock & Roll Star» activó, como aquella primera vez que escuchamos a los 16 años «La mataré», la energía individual apasionada, como un «beso en la garganta, felino y animal» .
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