TEATRO EN EL FESTIVAL DE CADIZ
La pieza nos retrotrae una vez más al clima intelectual de la posguerra, adonde nos había llevado «Calígula» de Camus en este festival de Cádiz; y, más atrás en el tiempo, «La douleur» de Marguerite Duras y a la perenne pregunta de qué hacemos por dejar a nuestra progenie un mundo sin pobreza. Vemos a Julius Fucik interrogado, aislado, torturado, y en todo hay arte de intérprete y buena escritura, tersa, pulida, personal. Oímos la voz de un hombre; suena muy claramente a otra época; hubiéramos querido oír a Fucik hoy, o por lo menos saber qué reflexión desde el momento actual le sugirió esta historia a Rubén Pagura. La obra queda allí, en la anécdota que nada revela, sin trascender ni en el ámbito del arte ni en el de la consciencia. Es como una inscripción en una lápida, el nombre de una víctima en un muro, otro combate perdido en la batalla por la memoria sumergida en el olvido bajo tsunamis de «información».
«Tartufo» (*) ,de Molière, por Alquibla teatro (Murcia, España) pretende no incurrir en la siempre postiza evocación de la época del autor y situarse en el siglo XXI, pero en el primer minuto pasea a Molière, con peluca, en los pasillos del teatro Falla ofreciendo la comedia al rey. El director, Antonio Saura, explicó en un foro que la obra proviene de observar la actual economía de Murcia, «que se ha ido al carajo». Tartufo es casi un auténtico virtuoso, Orgón y toda su familia son unos ricachos sedientos de euros, la bandera de la Unión Europea que aparece al fin es el manto azul de la Virgen. Dijo también que «el clásico puro me aburre» y que «no hacemos un espectáculo para el público, lo hacemos para nosotros». Ambas cosas se notan.
«Final de partida» (***), de Beckett, por Grupo Actoral 80 de Venezuela, tuvo en la dirección de Héctor Manrique un cuidadoso lector del texto, ya clásico, entregado al público línea a línea. La angustiosa relación humana entre Clov y Hamm, que repiten sus acciones sin fin, pese a distintas variantes accidentales, pueden al principio parecer meramente extrañas, hasta que comprendemos que giramos norias análogas. Es una obra que no termina con la acción; resuena largo tiempo en la mente e invita a cuestionarnos si no estamos también en un final de partida nulo por repetición de jugadas o aún de tablas por ahogado.
«Choque de cráneos», (***) de Paco Giménez, por el grupo La cochera, de Córdoba, Argentina, a propósito de dos obras canónicas de Roberto Arlt, «Los siete locos» y «Los lanzallamas», invita tenazmente a las alegrías de la imaginación organizada desde todos los ángulos posibles: palabras, ideas, gestos, acciones, vestuarios y luces, el todo en un clima de ensueño o de sueño despierto, bañado por la luz de un buen humor no menos perseverante.
«Santiago» (**), de Yuyachkani (Perú), es admirable desde casi todos los puntos de vista técnicos: excelente entrenamiento físico e interpretativo de los actores, selección de una historia que apunta a múltiples direcciones sociales, mitológicas, religiosas, históricas banda sonora dramática y muy bien realizada, escenografía, vestuario y mobiliario de primera línea. Conspiran contra el espectáculo sus mismos propósitos: la reivindicación del idioma quechua (en extinción), con largos parlamentos que nos fueron ininteligibles y la muy transitada reivindicación del indio ante el conquistador que impone, antes que nada, su ideología. El apólogo y su obvia moraleja está centrado aquí en una imagen ecuestre del apóstol Santiago, manto refulgente y espada en mano en el momento de atacar a un moro ya caído que podría ser un quechua. Tres sobrevivientes de un menguante pueblo andino, dos de ellos indios, tratan de sacarlo en procesión.
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