En escena. La Odisea, Camping, La mujer de antes, Do do land y Compañía Nacional de Danza

Fin de fiesta en el Festival de Teatro Iberoamericano de Cádiz

Con los ballets que vimos en Porto Alegre y Buenos Aires creíamos haber visto algo de danza moderna; Nacho Duato nos convenció de que tenía y tiene mucho por decirnos.

La Odisea (*), de César Brie (Teatro de los Andes, Bolivia) incurre en el defecto latinoamericano que fustigó Alfonso Reyes así: «¡La plétora! ¡la plétora es lo que nos mata!». Si hay que competir con Homero, hay que mejorarlo o hacer algo distinto: aquí «Teatro de los Andes» recurre a un transporte, muy abaratado, del texto épico más varios demagógicos toques «latinos» como que Odiseo, al que se llama Ulises, es un sufrido trabajador migrante que se empeña en pasar la hostil frontera con los ansiados Estados Unidos; se cantan canciones populares latinoamericanas; un pícaro alude a las piezas matrimoniales del hotel Bahía Sur de San Fernando; otro a las posibles, pero no necesarias, pelucas de Paco Giménez. Odiseo termina en Itaca, de donde es rey, con sus posesiones y sus esclavas. Debemos comprender que algunos latinoamericanos han ido a más, sobre todo con las «privatizaciones»?. Homero es mejor, y perdió con el traslado.

Camping (*), de Julio Salvatierra (España) fue un espectáculo al aire libre, en el patio del baluarte de la Candelaria. Una pareja de recién casados, ella rubia, gringa y tontuela, él hispanoparlante y pusilánime, proyectan pasar la noche de bodas en un camping. El camping es peligroso: hay unos niñitos sádicos (algo entre Chucky, Bart Simpson y los sobrinos de Donald), bidimensionales y vistos en proyección sobre una pantalla que acechan blandiendo hachas y cuchillos. Los mismos encuentros y desencuentros entre la emprendedora dama, su débil marido y los chicos traviesos se repite, con nimias variantes, durante cuarenta minutos.

La mujer de antes (***), de Roland Schimmelpfennig, por Teatro Línea de Sombra (México), dirección de Jorge Arturo Vargas, cuenta entre los mejores espectáculos del festival, si no es derechamente el mejor. Un argumento inquietante, que sobre las líneas generales de la leyenda de Medea plantea una poderosa sugestión de misterio con las alternativas de pasado y presente, realidad y ficción, equilibrio y locura; con algo de Marius von Mayenburg y otro poco de Dea Loher. Realizada con una precisión, una medida y una pasión por lo perfecto que nos recordaron los espectáculos de Alberto Félix Alberto.

Do Do Land (**), de Grupo Puja! (Argentina y España) con dirección de Sara Serrano y Luciano Trevignani fue un espectáculo aéreo en la plaza de la Catedral de Cádiz, apoyado por enormes accesorios (grúas, torres, columnas y potentes luces) con «Alicia en el país de las maravillas» como hilo argumental. Alicia, cae manoteando el vacío por el pozo (unos treinta o cuarenta metros de altura), sostenida por cables de acero apenas visibles, la Reina Roja distribuye órdenes vacías y todo gira con audacia, justeza y refulgentes luces.

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