Informe sobre el cine asiático

Operación Dragón

Gustavo Iribarne

 

El cine asiático parece destinado a convertirse en la gran estrella de la pantalla grande a principios del Siglo XXI. En la presente nota pasamos revista a las diversas obras que pueden fundamentar esta suposición.

No se trata de subrayar consagraciones como la de John Woo que ha marcado su grifa a fuego en la pantalla norteamericana con títulos como Contracara o Misión Imposible 2 o señalizar al mismísimo Ang Lee (El banquete de bodas; Comer, beber, amar; Sensatez y sentimientos; El tigre y el dragón) como puntales exclusivos de una nueva concepción audiovisual.

En realidad se pretende atender a un conjunto de obras que, hoy por hoy, están marcando un llamado de atención a la filmografía planetaria. El tema no se detiene simplemente en venerar a Kurosawa como único referente de la cinematografía oriental porque también otros importantes cineastas asiáticos están demostrando que tienen mucho para decir mientras estipulan cambios estéticos y violentan la normativa del esquema narrativo clásico.

Un primer ejemplo podría estar dado por Wong-Kar Wai que con In the mood for love (Con ánimo de amar), hechizó a la prensa especializada durante el último festival cinematográfico de Punta del Este. El filme –que obtuvo el Premio al Mejor Largometraje Extranjero otorgado por la Academia del Cine Europeo–, relata una historia de amor imposible entre dos vecinos atendiendo a una narración preciosista y fragmentada.

Este sutil manejo de tiempo e imágenes resiste cualquier comparación con el cine de occidente. Títulos como Felices juntos o La caída de los ángeles llevan su propia mirada desprovista de contaminaciones y lugares comunes; una mirada –en resumen– que apela a la sugerencia en estado de gracia sobre la que muchos directores de otras latitudes deberían empezar a indagar minuciosamente.

Podríamos continuar con Zhang Yimou que cobró celebridad con títulos como Esposas y concubinas pero no se durmió en los laureles y siguió demostrando su capacidad narrativa con largometrajes imprescindibles a la manera de Ni uno menos (León de Oro a la Mejor Película en el Festival Internacional de Venecia) o El camino a casa (Oso de Plata en el Festival de Berlín).

Lamentablemente en la cultura empresarial de la distribución fílmica parece predominar un entendido sobre el carácter no comercial de estas realizaciones, por lo que el cinéfilo local ha debido contentarse con las correspondientes ediciones en formato electrónico ya que los 35 mm sortearon olímpicamente un aterrizaje en la pantalla grande.

De todas maneras estas producciones ya señaladas tuvieron mejor suerte que otras obras como 17 años de Zhang Yuan, artista que ha sabido concebir –además– aportes valiosos (Detrás de la ciudad perdida) pero no ha logrado acceder en forma normal al circuito de cines locales. Podría hablarse, quizás, de una suerte de xenofobia cinematográfica; una rutina audiovisual empantanada en el discurso plano que no logra valorar, en su verdadera dimensión, la estatura artística de un Chen Kaige (Adiós mi concubina; El emperador y el asesino) o Tsui Hark (Peking Opera Blues) por marcar otras posibilidades a tener en cuenta.

Existen excepciones, por cierto. Una de las mismas podría concentrarse en la relativa notoriedad que ha alcanzado Takeshi «beat» Takeshi Kitano con un cine dotado de cierta poética salvaje. Obras como Flores de fuego o Violent cop no hacen otra cosa que confirmar los aires de renovación que vienen desde Asia Kitano ha logrado desacomodar y sorprender como un diamante en bruto a través de una propuesta que también incluye Escenas frente al mar y Sonatina; una producción que demuestra, en definitiva, verdadero talento y no mera suerte. De todos modos todavía falta mucho para que se concrete una real globalización del cine que importa. De lugares remotos, como Corea o Hong Kong, resta mucho por ver y creadores de nombres casi monosilábicos como Chang Yoon Hyun (Contacto); Tsai Ming Liang (The hole) o Hou Hsiao Hsein (Flores de Shangai) estarán vacíos de contenido, por ahora, para buena parte del público occidental. Es que un Inmamura no hace verano.

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