Jóvenes sin mucha polenta
Con la falta de imaginación y el desgano, ya institucionalizados, del Departamento de Cultura de la IMM, transcurrió durante todo el verano el Premio Paul Cézanne. Organizado por la embajada de Francia, tuvo antes de la última versión un bien ganado prestigio como uno de los más importantes apoyos a la formación de plásticos locales en el exterior. De repente fue invadido por la torpeza, la parcialidad, la concurrencia de intereses que hasta ahora se había evitado y que constituyó el sine qua non de la ética cultural nacional. De un soplo se fue al diablo. Lo curioso (nada de extrañar en épocas de desencanto), fue la apática reacción del gremio de los artistas (veteranos y jovenzuelos) que aceptaron sin protestar una afrenta que los salpicó a todos. Se abrió un precedente peligroso que habilitó el todo vale, impuesto desde el exterior sin ninguna sutileza diplomática y la colaboración alegre del oficialismo comunal.
La exhibición se ajustó a pulcros ordenamientos del montaje. El diseño gráfico del catálogo aceptó lo caótico y defectos de impresión y compaginación, incluyó fotos de desigual calidad y vanidosos currículos, algunos muy divertidos sobre «actividades que no tienen nada que ver con el arte pero que contribuyen a ampliar el marco de reflexión y afinar la percepción». Un prólogo trazó la historia del Premio y ninguna referencia los premiados y sus obras. La principal distinción recayó en Rita Fischer, en un trabajo al igual al que presentó en el Concurso Something Special de escaso interés, en una línea de investigación que se aparta de la anterior y prometedora, demostrada en la Bienal de Porto Alegre y presentada en Montevideo. Faltó polenta. Quizá la más atendible fue Patricia Flein, así como los intentos renovadores de Gabriel Mautone, mientras el resto se movió entre la decepción (Pablo Uribe, Cecilia Vignolo, Osvaldo Cibils), los mismos planteos (Alvaro Gelabert) o la pobreza repetida de una vieja idea (Santiago Tavella, acumulador de cargos de funcionario municipal registrado como curador asistente, miembro del Comité de Programación de Salas, diseñador del propio catálogo, docente en programas de talleres de arte de la Intendencia, además de expositor con apoyo vidrioso e integrante del Cuarteto de Nos). La carpeta que presentó al Premio fue elegida por un jurado integrado, entre otros, por Alicia Haber, curadora jefa de la IMM y Enrique Badaró, coordinador general del Centro Municipal de Exposiciones. Honni soit qui mal y pense.
El Premio United para arte joven del Uruguay (Sala Carlos F. Sáez), proviene del Museo de Arte Americano de Maldonado, más modesto, fue inaugurado de repente, sin catálogo o algo que oficie de tal. Ni siquiera una hoja impresa en la computadora. La incredulidad sobre el apoyo a los jóvenes, entre tanta improvisación, parece instalarse en el ambiente a pesar de la «buena voluntad» de empresas y curadores, que se multiplican con inventiva recortada
Lucía Pittaluga, de zigzagueante calidad en sus propuestas, fue acreedora al primer premio. Es el más cuidadoso trabajo que hizo hasta hoy, el más concentrado, donde la forma se adecue a los contenidos sin desprolijidades materiales ni agregados superfluos. Patricia Flein no obtiene en su ambientación los efectos seductores que logró en el Premio Paul Cézanne. Aquí remite a un cierto imaginario sesentista, refinado aunque de leve estructura conceptual, que se extiende a Osvaldo Cibils (sus encantadoras y diminutas artesanías vuelven con menos sabor), las especulaciones digitales de Alejandro Schmidt, los dibujos de Daniel Melgarejo, el efectismo del fotógrafo Daniel Bielli (otro resabio pop), la golpeante composición fotográfica de Magela Ferrero y la diversión de Gustavo Tabares. Un premio sin atractivo.
El Instituto Goethe inauguró la temporada con tres jóvenes. Continúa, así, el estímulo a los artistas emergentes y en especial del interior, una actitud muy elogiable que las autoridades municipales y nacionales han dejado de lado. Agrupados con gratuidad y artificio bajo el título «La construcción del triángulo» por curador Alfredo Torres, sin una argumentación aceptable o mínimamente convincente, el punto de encuentro es haber estudiado en el Instituto Escuela Nacional de Bellas Artes. Michael Bahr (Stuttgart, Alemania, 1966) pasó por algún curso teórico en la Alianza Francesa (no consta en el currículo) y varios años en la Escuela Estatal de Artes Plásticas y Gráficas de la ciudad natal, un centro cultural activísimo con galerías (la memorable del arquitecto Stirling) y museos de primer orden. Recoge la herencia del collage, son sobriedad y que su compatriota Kurt Schwitters recorrió con intensidad e imaginación. Marcelo Larrosa (1971) incursiona por la escultura de pequeño formato (madera, chapa, hierro oxidado) tanteando un camino dentro de la abstracción, y Gabriel Lema (Maldonado, 1972) indaga por el informalismo matérico. Habrá que esperar los futuros pasos.
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