Teatro. LA REPUBLICA en el festival Iberoamericano de Cádiz

Lo más pequeño, lo más hermoso

Todo sin concesiones al mal gusto o mengua alguna de la pieza.

De los agregados, la batería de tambores, excelente en lo musical, anunció bien al imperio y al crimen de Estado; la música y la coreografía, que no deterioraron la acción, pueden ser vistos como saludables interludios de una obra extensa. A más de sesenta años de su estreno, la búsqueda del absoluto por Calígula (Sandro Cordero) a través del exceso de poder y la experiencia límite del crimen, esa fascinación y «necesidad» de lo imposible de quien, en la cúspide del poder, no tiene paz porque no ha obtenido la Luna. Sólo dos objeciones, que no empañan el brillo.

La primera que, seguramente por su buen corazón, Camus escribe bien las escenas de crueldad (o aun de maldad) pero no puede sacudirnos con ellas: en otras palabras, que no alcanza a Wedekind o Genet. La segunda, que el diálogo paga tributo al clima de exasperada polémica, en base a negaciones y retruécanos, de la época en que «Calígula» fue escrita. Por momentos esperábamos que entrara Sartre a discutir.

«Futuros difuntos» (*) de La Zaranda mostró una vez más que este grupo debe ser nuestro punto ciego en materia de teatro. Somos irrecuperables para La Zaranda: sus admiradores ven maravillas en todo, celebran el nombre de «teatro inestable de Andalucía la baja», disfrutan hasta los títulos de las obras, se extasían con los personales beberajes de sus integrantes, ríen de acosos sexuales. A nosotros este drama del manicomio cuyo director muere y los asilados deben colmar el vacío de poder y hacerse cargo de esta sala número seis, nos parece, además de producto de un formulario, levemente conformista (lo que en arte no importa demasiado) y sobre todo mortalmente aburrido. El estilo de actuación, con ese machacar frases y palabras distorsionadas en sus sonidos hasta hacerlas desfallecer, lleva a un clima irreal, es cierto; pero es un ámbito irreal poco respirable, que no conduce a ninguna parte e insume demasiado tiempo.

Los grandes amantes, «Romeo y Julieta» (**) de Shakespeare, en la plaza de Mina y en adaptación de Roberto Avendaño (México) para títeres de gran porte, movidos por esforzados titiriteros y accionados por pértigas, pareció dirigirse principalmente a un nutrido público infantil que siguió con emoción la lucha a muerte de dos perros, los vuelos de una paloma, mensajera del amor, que sucumbe también, y aun las muertes de Mercutio y los dos amantes. Adultos, pudimos disfrutar la admirable dedicación, la expresividad de los rígidos muñecos, la devoción con que «Cornisa 20″ hizo lo mejor a través de la dificultades del género.

«Gulliver» (***), sobre la narración de Jonathan Swift, es teatro de títeres y también una de las mejores piezas del festival. Jaime Llorca y Teresita Iacobelli (Chile), con el auxilio de un complejísimo y muy eficaz aparato mecánico, logran una versión fiel del cáustico texto de Swift que deleitará sobre todo al público adulto por la perfección técnica al servicio del inmortal ingenio del libreto, la gracia y adecuación del diseño de los muñecos, las voces y los sonidos, el casi completo ocultamiento de los habilísimos manipuladores, la virtuosa iluminación, la reflexión final que impone la inquietante historia. Con las tres piezas de Guillermo Calderón que hoy recorren el mundo, este deslumbrante «Gulliver» muestra que el teatro chileno está en el mejor nivel de América Latina.

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