Artes. LA REPUBLICA en España: El beso de la mujer araña, El testigo y La importancia del abrazo

Festival de teatro de Cádiz

La puesta en escena, naturalista en la interpretación y en la escenografía, navega cerca de la perfección. La trama es llevada con ritmo y concisión, atrapa, nos envuelve y casi nos convence.

Es la novela de Puig (1976) sin más, bien adaptada y sin sus anotaciones seudocientíficas; posiblemente su reverdecimiento se deba a la versión cinematográfica (Héctor Babenco, con Raúl Juliá y William Hurt) y al musical. Encontramos cierto arcaísmo en la figura de Molina, el homosexual (Paul Vega). Es una mariposa, un hombre afeminado que querría ser mujer; posiblemente un hombre que «debió» ser mujer, por genes, hormonas o educación y que hoy devendría transexual. Esa identificación con la mujer, a la que se idealiza con la inevitable «idolización» de la madre del protagonista, conduce a la homosexualidad, por lo menos la de los años 70 y en la novela de Puig, a negarse a sí misma y rendir un inesperado tributo a la heterosexualidad. Un arcaísmo semejante acontece al guerrillero Valentín (Rodrigo Patiño), que vive de estereotipos, repasa un catecismo socialista por las noches y nos asesta lugares comunes seudomarxistas sobre cualquier tema que le viene a la cabeza, mientras en el fondo de su reprimida almita este duro suspira: un poco por su novia, otro poco por una tal Marta y, más al fondo, por otro hombre. Luis Cerminara sostenía que «El beso de la mujer araña» era el encuentro de un revolucionario de pacotilla con un homosexual de pacotilla.

El testigo (*) se basa en un cuento del escritor gaditano fallecido Fernando Quiñones. La elección de esta pieza como apertura del festival de Cádiz fue un homenaje al autor y al mismo tiempo la presentación al mundo iberoamericano de una Cádiz literaria que exhibió con orgullo sus necesarios vínculos con el pasado.

Sin duda, de acuerdo con estas premisas, también el estilo de actuación de su intérprete, Rafael Alvarez, llamado «El Brujo», nos retrotrajo a un tiempo pretérito; pero creemos que esto sucedió a expensas de la misma obra.

La pieza es la evocación del difunto y ficticio Miguel Pantalón, un cantaor flamenco, a cargo de un amigo que lo ha sobrevivido, el «testigo» del título. El propósito de Quiñones fue narrar una historia a través de otra: una, aparente, la vida del cantante, de la que terminamos sabiendo poco y nada; la otra, la historia real, es la personalidad y la vida del testigo que se presenta como narrador. La mezcla de admiración y crítica, casi de amor y odio, del testigo hacia el artista, el inasible Miguel Pantalón, debió mostrar el alma del testigo y, sobre todo sus limitaciones, el ayuda de cámara para el que no existe el gran hombre. El narrador es viejo y machista; exhibe hasta la exasperación el culto de la ebriedad; se burla de la homosexualidad de García Lorca. Pero, en lo que debió ser un retrato por omisión, una revelación a pesar suyo del «testigo», interfiere el actor, sino más grande que la vida, más grande que su personaje, aunque no menos rancio. Alvarez, un actor con dotes suficientes para la «Commedia dell’Arte», avasalla el escenario más que lo ocupa; lo recorre y reduce; puebla el aire de gruñidos guturales, el espacio de visajes, morisquetas, revoleos de brazos y bamboleos. En suma, morcilleos: antes, durante y, como no podía ser menos, después de la pieza, donde Alvarez for ever, habló de su padre, de un cura… Hizo café concert; no hubo teatro. Superó ampliamente a su personaje; pero debía presentarlo, no presentarse.

La importancia del abrazo (**), del multilingual Komilfó teatro de Perú, mostró a dos juglares de superlativas cualidades: los cantantes, actores y bailarines Pilar Núñez y Jaime Lema. La tenue trama argumental, una pareja de artistas que se une, se separa, se reúne y envejecen juntos, pretexta diversas canciones que van de Bertolt Brecht y Kurt Weil a Edith Piaf, pasando por Enrique Santos Discépolo y Agustín Lara. La pieza es una antología, una colección, siempre entretenida, con momentos brillantes. Núñez descuella como cantante, siempre cálida, límpida, precisa y versada en la pronunciación de los diversos idiomas que recorre; y Lema sobresale como bailarín, actor y mimo.

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