Chavela Vargas no es lo que parecía
La cantante nunca tuvo una voz para ópera. Eso revelan los discos viejos. Como Edmundo Rivero, para dar un ejemplo no muy preciso, lo suyo fue siempre una especie de recitado con gran capacidad de comunicar.
Pero esa capacidad, esa ronquera que ahora sabemos que es cuidadosamente buscada, es fruto de la sabiduría, no de la naturaleza. Chavela Vargas conoce su registro y al elegir repertorio no se exige sobreagudos: muchos roqueros uruguayos podrían aprender de esto.
Sabe que no se comunica por quererlo, sino utilizando las herramientas adecuadas. En su caso, sobre todo una precisa entonación de cada sílaba, su ataque, entonación, longitud y sentimiento, hasta lograr los desgarradores climas adecuados a sus desoladas letras, en un 90 % referidas a amores deshechos.
También es sabiduría suya evitar el acompañamiento de un conjunto de mariachis. La guitarra aguda no interfiere con la voz. Completa el clima musical casi solamente a base de ornamentos, mientras que la grave no se hace oír más que para fines armónicos. Excelentes profesionales Oscar G. Ramos Enriquez y Manuel Guarneros Marcué.
Claro que el «personaje» existe y Chavela Vargas gusta agregar a su leyenda. Su venida al Uruguay es resultado de un operativo de la Warner parecido al de Buena Vista Social Club, que aprovechando la inclusión de temas de Chavela como ecos del pasado en las películas de Almodóvar, resolvió explotar comercialmente el asunto. Eduardo Darnauchans declaró hace años que había redescubierto la riqueza de la música mexicana que cuando era chico en su casa sólo escuchaban las cocineras. La década del 60 barrió con muchas cosas que los 90 recuperaron como negocio: el bolero, los soneros cubanos y Chavela Vargas.
Pero ojo, a ella le viene bien el dinero, pero no nació aquí ni la veremos con la boca abierta mirando rascacielos. Para empezar, su estética –sincera y dolorosamente sentimental– puede ser lo contrario de la de Almodóvar –posmoderna y burlona–.
Ella demuestra saberlo y no tiene empacho en hacer declaraciones, en plena gira, sobre lo que le deben los sellos: «Las casas grabadoras están esperando que me muera». Aquí miró el mar, charló, fue al Mercado del Puerto, bromeó con el público e hizo lo que sabe que sabe hacer. Simplemente, disfrutando en paz.
El recital del Plaza fue de casi dos horas con bises y más bises, fue un acto de amor. Parte del público demostró conocer las canciones al primer acorde –y se animó a entonar alguna– y todo él aplaudió a rabiar.
Como teloneros, aplaudidos, estuvieron Tunda Prada con Alejandro y Alvaro Pacello, mostrando material muy suave, que integrará próximo disco.
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