Arte

Gamarra, vitalidad del signo

José Gamarra no debería ser desconocido para las nuevas generaciones si, como la mayoría de la actividad crítica, no fueran tan desatentas.

En Zonamérica, hace un par de años, participó en una colectiva con buena cantidad de obras y en las casas de subastas, como sucede en la actualidad, transitan periódicamente numerosos cuadros. Muchos de ellos son los que se exhiben ahora en dos salas simultáneamente, Galería de las Misiones y Museo de Arte Contemporáneo.

Es irresistible el poder de convicción de sus obras fechadas, en su mayoría, durante el primer lustro de la década del sesenta. Son escasos los artistas uruguayos que durante un lapso prudencial mantuvieran la coherencia de una actitud estética de porfiada y casi espontánea vitalidad. Porque lo que sorprende, en retroperspectiva es, no sólo la excelsa calidad de cada obra sino la cantidad de las mismas. La mirada del visitante se detiene en un cuadro, pasa al siguiente y luego del recorrido final vuelve al principio y va descubriendo algo nuevo que no advirtió y el regocijo es cada vez mayor. Gamarra es un pintor que se dedicó exclusivamente a pintar, sin presupuestos teóricos explícitos, pero capturando la sensibilidad epocal.

Desde chico y hasta hoy, en sus joviales 75 años, hizo del acto de pintar y dibujar la principal veta de comunicación para inventar, interpretando el mundo circundante. Su vigencia es imbatible.

Un universo plástico que recorre su experiencia de vida y de aprendizajes, con sus maestras de enseñanza primaria y la cercanía con la colección con las cerámicas indígenas uruguayas de la colección Pancho Olivera y del brasileño Iberé Camargo (un carismático pintor) que dejaron sus huellas en esa multiplicación de signos, siempre cambiantes, diferentes, más nítidos y contundentes o más evanescentes, a punto de desaparecer, o más robustos en el relieve o donde la materia aparece íntimamente trabajada, siempre en tonalidades terrosas o grises, con estallidos de blancos y negros contrastantes. En cada caso, una narrativa que por momentos se resuelve en bodegones que, como escribió Lourival Gómez Machado: «sólo narra o describe aquello que en el momento mismo de la figuración, por ella y en ella, se crea. Así nos hablan esos signos, agregados a un imposible encuentro que debería de encantar a Lautréamont y capaces de una preciosa simulación de aquella forma, seca y elocuente, dejadas por las culturas que gustamos llamar ­para nuestra seguridad, estremecida por la certidumbre de su completa desaparición­ como primitivas». El catálogo del MAC debió incluir alguna de las notas que escribió en su época María Luisa Torrens, exdirectora de ese centro, sobre Gamarra, un artista que supo elogiar y estimular en reiteradas ocasiones. Sería justicia.

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