LA LENGUA NO ES DE TRAPO

¡HASTA LOS MUERTOS VAN EN CANA!

Sí, amigo lector, ya ni la muerte se respeta en este país. Si nos atenemos al título de una información policial aparecida el pasado jueves 15, comprobaremos con asombro que el gobierno está dispuesto a combatir como sea los accidentes de tránsito, al punto que no sólo encarcela a los automovilistas infractores sino que hace otro tanto con las víctimas fatales.

Tal conclusión se extrae del título en cuestión que reproduzco textualmente y que fue detectado por un lector: «Dos muertos por accidentes y dos automovilistas marcharon presos». ¡Flor de castigo ejemplarizante! Claro está que no otra cosa se puede entender ya que el enunciado es diáfano: marcharon a prisión dos automovilistas y dos muertos por accidentes de tránsito. No hay otra forma de entender el mensaje pues no hay dudas de que el sujeto de ‘marcharon’ es ‘dos muertos por accidentes y dos automovilistas’.

«Como usted fácilmente comprenderá, amigo Mendieta, ­reza la misiva del lector­ el desconcierto se apoderó de mí obligándome a releer varias veces el enunciado, hasta que, por fin, a pesar de mis limitaciones neuronales, logré advertir, yo diría mejor presumir, el real significado del título».

Como queda dicho más arriba, creo que sólo se trata del afán del gobierno en su lucha sin cuartel contra los accidentes de tránsito, afán un tanto excesivo que lo lleva a meter a los muertos en un calabozo. No me caben dudas del efecto disuasorio de tal medida. Ahora, la gente será más prudente ya que a nadie le gusta que, encima de perder la vida por exceso de velocidad o de alcohol, pierda también la libertad. No me extrañaría que el presidente Vázquez decidiera, en un arrebato de fervor antitabaco, que los muertos por cáncer de pulmón sean inmediatamente detenidos por la Policía y arrojados a una húmeda mazmorra para escarnio público.

­Pare un poco, Mendieta. Veo que usté es medio capincho. Lo que quiso decir el cronista es que hubo dos muertos en accidentes, y que dos automovilistas fueron a la cárcel. La confusión viene por querer meter demasiada información en una sola oración.

­¡Qué lucidez, amigo Pereira!

­Y eso que todavía no he tomado ni una…

­¡Qué lo parió!

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