Desde mañana en la Cinemateca, un repaso a la obra de Elia Kazan
La retrospectiva comenzará con «Un tranvía llamado deseo» (el filme que consolidó el estrellato de Marlon Brando) y proseguirá con otras de las culminaciones del director, incluyendo «Nido de ratas», «Al este del Paraíso» y «Un rostro en la muchedumbre», junto a algunos títulos menores como «Viva Zapata» y «El último magnate». Con sus altas y sus bajas, e incluso algunas dudosas posturas políticas, Kazan no deja de ser una de las figuras clave del cine.
Cuando Elia Kazan recibió un homenaje de la Academia de Hollywood por el conjunto de su carrera, aproximadamente una parte de la platea (que incluía a Martin Scorsese) aplaudió largamente mientras otra cuarta parte (cuyas figuras más representativas pudieron ser Tim Robbins y Susan Sarandon) permanecieron sentados y silenciosos, y el resto se limitó a un aplauso de circunstancias. Esa variedad de actitudes puede ser un reflejo de las contradictorias reacciones que el cineasta (nacido en Kaysen, Turquía, el 7 de setiembre de 1909, y fallecido en Nueva York el 28 de setiembre de 2003) ha podido generar a lo largo de su carrera. El punto de inflexión lo constituyó, sin duda, su borrosa actuación en tiempos de la «caza de brujas», sus declaraciones ante el Comité de Actividades Antiamericanas del Congreso de Estados Unidos que nunca dirigió el senador Joseph McCarthy aunque una difundida leyenda sostenga lo contrario (el Comité era una comisión del Congreso, es decir de la Cámara de Diputados, mientras que McCarthy era senador). En esas sesiones, Kazan carbonizó a algunos ex correligionarios del Partido Comunista y se ganó una etiqueta de «traidor» que muchos nunca le quitaron. No fue por cierto el momento más glorioso de su vida, pero toda trayectoria humana tiene sus claroscuros y si se aplicara el mismo criterio político para juzgar la obra de otros intelectuales y artistas mayores del siglo XX, pocos se salvarían. Y el caso de Kazan es particularmente complejo, porque más allá de sus discutidas actitudes personales, de las que nunca abjuró, su obra teatral y cinematográfica puede ser tachada de cualquier cosa excepto de «conservadora» o «reaccionaria», y él mismo pudo reivindicar posteriormente su condición de hombre de izquierda, aunque otros hombres de izquierda no le creyeran.
El problema con Kazan es que sus actitudes en tiempos de la «caza de brujas» han generado lo que los teólogos llaman «una hermenéutica de la sospecha» que enturbia casi todo lo que hizo después: buena parte de su obra ha sido examinada, casi exclusivamente, a través del prisma de la delación, se la ha visto como una autojustificación o una cortina de humo. Las cosas no son tan sencillas. Conviene repasar la trayectoria del personaje y especialmente su contribución fundamental al teatro y al cine.
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