"LA VENTANA": EL AGOTAMIENTO DEL CICLO BIOLOGICO Y DE LOS AFECTOS
Esa sensación de angustia que suele anegar nuestros corazones cuando nos confrontamos al inevitable trance de lo inexorable, ha alimentado recurrentemente a la literatura, al cine y al teatro.
No en vano la tragedia, en tanto materia prima de recurrente construcción artística, abreva de esos agobiantes temores ancestrales que ni la lógica de la ciencia ni la fe de la religión han logrado mitigar.
La muerte ha recorrido el centenario itinerario del cine, como una construcción simbólica asociada al horror genocida de la guerra, a la prepotente paranoica del autoritarismo, a la ambición humana, a la enfermedad o al mero desenlace del itinerario final.
Incluso, en la vasta obra del inolvidable maestro sueco Ingmar Bergman, la muerte siempre es un objeto que culto, que teje traumáticas peripecias individuales y colectivas y hasta una metáfora del transcurrir del tiempo.
En «La ventana», el prestigioso cineasta argentino Carlos Sorín construye una historia mínima de intenso vuelo poético, que gira precisamente en torno al último día de la existencia de un octogenario escritor.
Desde el comienzo del relato, los relojes van pautando las horas que separan a Antonio (Antonio «Taco» Larreta) del epílogo de su vida. El girar de las manecillas anega de sonidos a la solitaria casa del anciano artista, contrastando con los silencios que sugieren sempiternas ausencias.
De algún modo, esas primeras escenas evocan a la monumental «Gritos y susurros», del gran Ingmar Bergman, donde la tragedia de la muerte comparecía en las atribuladas vidas de cuatro hermanas.
En este caso, la anécdota se desarrolla en una estancia emplazada en la Patagonia Argentina, donde el dueño de casa aguarda el final en su lecho de muerte, junto a dos empleadas de servicio y un peón rural que parecen ignorar lo que realmente está sucediendo.
La llegada desde Europa del hijo pródigo (un célebre músico profesional), del cual el protagonista está separado desde hace un buen tiempo, dispara múltiples preparativos, que incluyen, naturalmente, el acondicionamiento del añoso piano.
También en este caso Carlos Sorín trabaja con explícitas metáforas, cuando extrapola la decadencia del escritor con la del propio instrumento musical, que se ha transformado en un mudo testigo del aislamiento del anfitrión.
Incluso, la aparición dentro de la caja de resonancia del piano de tres soldaditos de plomo, sugiere la presencia intemporal del niño (hijo) devenido en hombre y separado de su progenitor.
Toda la narración transcurre dentro de la inmensa casa que parece aún más inmensa por su agobiante vacuidad- donde el anciano escritor aguarda ansioso el arribo de su vástago, a quien no desea recibir acostado.
En esta actitud, hay una suerte de homenaje al ser amado, pero también a su orgullo de no presentarse postrado y mantener enhiesta la perdida imagen de invulnerabilidad de un pasado glorioso.
Como Juan Carlos Onetti en sus últimos años de vida, Antonio escribe incluso acostado la novela cuya publicación seguramente no verá, situación que naturalmente asume. No en vano se permite regalarle a su médico de cabecera un libro firmado por el propio Jorge Luis Borges, como una suerte de legado al amigo.
En el tránsito de la vigilia al sueño, el protagonista recrea imágenes de su infancia y a su madre. Los contornos de esa experiencia onírica de retorno a su génesis existencial, son visiones algo esfumadas pero de cautivante belleza estética.
El arribo del hijo junto a su esposa también habilita nuevas lecturas, que remiten a la desgarradora caducidad de los afectos. En efecto, se aprecia una actitud de frialdad del joven pianista con su padre y hasta una mayor preocupación por lo que sucede extramuros.
No obstante, la secuencia más simbólica de esta historia mínima pero de indudable grandeza, es la «fuga» del anciano fuera de su mansión, para protagonizar el último paseo en contacto con ese paisaje bucólico, más allá de las acotadas fronteras de la ventana de su habitación.
«La ventana» es un filme sensible y poético, que discurre entre la reflexión existencialista, la inexorable caducidad del ciclo biológico, la decadencia, la soledad y la crisis de los afectos.
La ventana. Argentina 2009. Dirección y guión. Carlos Sorín. Fotografía, Julián Apesteguía. Música: Nicolás Sorín. Montaje: Mohamed Rajad. Reparto: Antonio «Taco» Larreta, María del Carmen Jiménez. Emilse Roldán, Roberto Rovira, Jorge Diez y Carla Petersen.
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