Festival de Teatro de Buenos Aires
La sobriedad, vino, refrescos y empanadas fue el criterio de este festival de tiempos difíciles que dirigen Alberto Ligalupi y Rubén Szuchmacher.
Al día siguiente hubo un coctel en el segundo piso del teatro San Martín, donde la mayoría del teatro argentino se hizo notar por su ausencia y a las 15.00 comenzó (debió comenzar) el primer espectáculo.
«Velada Strawinsky»(**), por la compañía de ballet finlandesa de Tero Saarinen tiene dos partes, separadas por un intervalo, «Petrushka» y «Hunt», esta última basada en la «Consagración de la primavera». En el momento en que se apagaban las luces alguien gritó «¡Macri, sorete!», grosería sin sentido que para nuestra estupefacción, fue seguido de un sostenido aplauso por buena parte del público. Ambas obras de la «Velada Strawinsky» muestran la misma aplicada coordinación entre sonido y movimiento; pero en tanto la primera, que reproduce parcialmente la coreografía original de Fokine y es como una caricatura ingenua de aquellas versiones clásicas, con su escenario despojado, sus dos músicos que tocan el acordeón piano vestidos de negro bajo negros sombreros de alas anchas, campesinos de trajes saturados de color y movimientos simples y por momentos elementales, la segunda parte, llamada «Hunt», a cargo del bailarín y coreógrafo Tero Saarinen es un derroche de invenciones luminosas (a cargo de Mikki Tuttu), con un desarrollo primero visual y luego corpóreo de origami que se transforma en un tutú y un proyector que lanza imágenes que parecen volar por los aires al chocar con el cuerpo del artista. Esta segunda parte, acorde con la música de Strawinsky, es mucho más dramática y misteriosa que «Petrushka» y Saarinen ejecuta pasos difíciles y casi angustiosos. No obstante, luego de un comienzo que sugería desgarramiento y hasta locura, la aparición de luces estroboscópicas redujo el cuerpo de Saarinen a una cambiante y brillante, pero inexpresiva pantalla.
«Transparente» (*), de Diego Aramburo (Cochabamba, Bolivia) busca la originalidad a través de una compleja mezcla de temas, artes y anécdotas, mezcla que invoca los espectáculos de cabaret. Hay recitados de monólogos, que se continúan cada tanto, un músico semioculto que, con dos de los intérpretes, entona canciones en inglés, lombrices vivas proyectadas en una pantalla y anécdotas diversas, como el hombre que dice haber encontrado un cadáver que en realidad es su víctima y podría ser su padre. El libreto padece algunas obsesiones, en particular con la fellatio y el sexo anal, actos en los cuales, por lo que se ve, ni los hombres, que adoptan o simulan un desdeñoso aire ausente, ni las mujeres, que sólo parecen someterse, extraen placer alguno. Hacia el fin, una reiteración de imágenes de un ano, en una secuencia que llega hasta el comienzo de una defecación, con una insistencia que haría parecer ágil al difunto Fernando Peña, pasa, durante unos veinte minutos, los límites del buen gusto.
«Mishelle di Sant’Oliva»(***), de Emma Dante con su dirección es una historia simple y emotiva. En 50 minutos Dante plantea el conflicto entre un padre a la antigua, cuya mujer ligera de cascos lo abandonó para vivir su vida y un hijo travesti, al que ni siquiera habla, y que cumple las funciones hogareñas de la madre tránsfuga. Hay apenas dos lugares, brevemente iluminados, unidos al comienzo por la delgada lana de un ovillo a devanar, único vínculo entre ambos hombres. La aparente sencillez de la escritura es engañosa, porque escena a escena Dante revela un poco más de ambos opositores y, poco a poco también va develando la verdadera historia. Al fin el espectador se pregunta quién es, de los tres, el verdadero responsable de tanta soledad; si no es, precisamente, el machismo del padre, machismo que tiene como perenne vertiente oculta una absurda idealización de la mujer, el responsable de tanta soledad y tanto dolor.
«Al ras, o De nada vale que corras cuando el incendio va contigo»(**), de Roxana Grinstein (El portón de Sánchez, en Sánchez de Bustamante 1034) fue un espectáculo aparte del festival que nos permitió reencontrarnos con la brillante coreógrafa Roxana Grinstein, animadora además, con Roberto Castro, de su «El portón de Sánchez». En esta obra el espíritu innovador de Grinstein, célebre, para nosotros, desde «El escote» (1996) se manifiesta en esforzadas danzas que no logran salir del suelo. Tres jóvenes mujeres hacen casi todo lo que es imaginable hacer, en forma de danza, sin ponerse de pie, cosa que ocurre al final y no sin dificultades; el efecto es de encierro a pleno aire, de búsqueda heroica de la libertad en medio de restricciones que pueden ser las de una cárcel o las no menos apretadas ataduras de la vida cotidiana. La música de Marcel Moguilevsky sobre tema de César Lerner, inspirados en música Krezmer, contiene melodías de tradición judía de Europa Oriental, que sientan bien, por su comprensible exotismo, a la extrañeza de una danza a ras del suelo. Las tres bailarinas muestras aptitudes magnificas y son puestas a prueba por la coreografía de Grinstein, que intenta, como lo ha hecho desde «El escote», toda la gama del movimiento y danza, desde lo difícil hasta lo imposible.
«Pachagonia» (***), (Gante, Bélgica), de Les ballets C de la B, que dirige Alain Platel, conjunto que habíamos visto en el 5º. Festival de Buenos Aires con «Lets op Bach», es una coreografía de la argentina, residente de larga data en Bélgica, Lisi Estarás. La aludida pero no nombrada Patagonia es sólo un pretexto para presentar un desierto que se va poblando de unos visitantes que traen consigo música e instrumentos de cuerda muy poco patagónicos, como el violín y el contrabajo. El periodismo local ha visto aquí la Patagonia, un hotel en el desierto, Darwin en Sud América, Billy the Kid en Arizona y hasta el árbol francés de «Esperando a Godot», pero este brillante espectáculo es impávidamente europeo y hasta si se quiere colonizador. La peligrosa y casi imposible serie de movimientos que ejecuta Nicolás Vladyslav, siempre airoso, elegante y firme al borde de los problemáticos abismos que va creándose y que sólo parecen visibles a los angustiados espectadores, movimientos que realiza contra el piso, reptando, braceando, arando con el cuerpo, brincando en derredor desde y hacia ángulos inusuales, y dominando la escena hasta absorber todo el panorama del desierto y sus habitantes, parece más un rito de apropiación del terreno que un regreso al suelo natal. ¿O más bien es una «respuesta al desafío» el comienzo de toda civilización, con un asentamiento plural y casi familiar, propio la agricultura? Los temas son aquí incitaciones, puntos de partida, y parecen menos importantes que su suntuosa realización, un oasis de arte y gracia.
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