Testimonio. Dulce y escéptico príncipe de Dinamarca

Hamlet, en Espacio Palermo

Se estrena en medio de una general apoteosis de la tontería sobre un escenario.

En un extremo, lo que se autodenomina, entre nosotros, «comedia», que no es más que astracanadas y antología de ocurrencias, insiste en tratar al público como si fuéramos niños; en el otro extremo, el teatro «serio», «premiado», «A escena», etcétera, idolatra la veleidad y el capricho (cuando no a meros detritus mentales, aptos sobre todo para una vida burocrática). Se olvida, en ambos extremos, que el teatro es entretenimiento y diversión, para adultos. Un «Hamlet» bien hecho, que dura las tres apasionantes horas que debe durar (se calcula que la versión literal, completa, insumiría cinco horas) nos hace plenamente felices. Gabriela está, aquí, en el buen camino; y es de destacar que la otra obra que ofrece su Espacio Palermo, «Emma Bovary», es también, en su medida un poco menor y a pesar de las dificultades que entraña la adaptación de lo inadaptable, parte del buen camino. No es poca cosa oír, cada tanto, los hermosos versos de Shakespeare, bien dichos por actores competentes, y entrever las columnas de mármol de la soberbia prosa de Flaubert.

Más todavía, este «Hamlet» es, si no la revelación, la consagración definitiva, en una gran obra, de un actor cuyas cualidades, en pleno desarrollo, eran ya notorias hace algunos años: Alvaro Armand Ugon. En su penúltima actuación (preferimos no mencionar la antepenúltima), «Gorda», de Neil Labute, su labor había sido buena; pero era perceptible, por lo menos para este espectador, que Alvaro estaba muy por encima de su papel. Aquí dio su medida. Pocas veces hemos visto una compenetración entre actor y personaje más perfecta, más continua y redonda, más estable y sin fallas. El Hamlet de Armand Ugon está vivido desde adentro; y eso trajo al escenario soltura, frescor y vida naciente.

Hemos oído decir que este «Hamlet» es una obra propia de un fin de curso, como lo es, con no pocos méritos y declaradamente, «Emma Bovary». La apreciación no es ni objetiva ni justa, en primer lugar porque todos o casi todos los actores se han graduado hace tiempo. El error proviene de que se suele destinar a los clásicos para los exámenes de las escuelas, lo que tiene el inconveniente anexo de pasar por alto, como si no importara, la diversión del espectador. Pero hay un adarme de verdad, mal expresado, en ese pensamiento. Volvemos al sentido histórico: aunque valoramos la irrupción de «Hamlet» en la escena de hoy, porque quedará como un testimonio de excelencia, compromiso y vitalidad, no llegamos a ver claramente la conexión entre el siempre atrayente príncipe de Dinamarca y el mundo contemporáneo. En otras palabras, ¿por qué «Hamlet» y no «Macbeth» u «Othello»? La pregunta nos parece pertinente, porque la decisión de estrenar una pieza de teatro es, quieras que no, un acto político (casi todos nuestros actos públicos lo son). Precisamente a propósito de «Hamlet» abundan las «versiones», «adaptaciones» y reescrituras, casi todas ellas grávidas de consecuencias. Por ahora no pretendemos de Gabriela Iribarren que, como Heiner Müller, reflexione sobre «Hamlet» desde el siglo XX y escriba, como nota al pie y mientras dirige la tragedia de Shakespeare, ese nuevo clásico que es «Máquina Hamlet» (nos alegramos, de paso, que no haya escrito algo semejante al «Hamlet» de Ricardo Bartís: en tanto se estrellaban manzanas en la cabeza y llegaba el padre de Hamlet en una camilla, aquello podía pasar; pero cuando vimos a Laertes en un intento de violar a Ofelia contra un piano, no pudimos creer más). Hacia 1955 el teatro uruguayo (la Comedia Nacional, El Galpón, el Circular, Club de Teatro) tenía como criterio de elección la calidad de los textos, y, como suele suceder, el gusto del público cambió, y pasamos de las payasadas de Paquito Busto y las ñoñeces de los hermanos Alvarez Quintero a Sánchez, García Lorca, Chejov y Brecht. ¿Desempeña un papel semejante este «Hamlet», sobre todo visto en la perspectiva de la anterior producción del Espacio Palermo, «Las troyanas» de Eurípides? Querríamos creerlo así, aunque no nos ha resultado demasiado claro.

Gabriela ha comprendido que los clásicos del teatro fueron escritos para entretenimiento y diversión, sin perjuicio de sus fines indirectos, religiosos, educativos y de purificación; y este «Hamlet» es entretenido y hasta divertido, como en la escena de la representación de los cómicos y el mortífero final. Pero encontramos en Shakespeare más filosofía y más velocidad que en esta puesta en escena; más alegría y ganas de vivir hasta en el dolor y la muerte. Digamos: más Montaigne, el profesor (y hasta el gimnasta) de la duda sobre uno mismo. Quizás ese padre y maestro a quien Hamlet, el dubitativo, quería reivindicar y cuyo fantasma aparece en Elsinor.

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