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José Gamarra en los 60

Uno de los mayores creadores uruguayos es revisitado en su período abstracto.

José Gamarra / Abstracción años 60, corresponde al período abstracto del artista en un Montevideo agitado por la renovación estética y la convulsión social. Ese período se puede observar por partida doble: mañana martes, a las 18.30, en Galería de las Misiones y el jueves, a las 19.00, en el Museo de Arte Contemporáneo.

La obra de José Gamarra puede situarse entre aquellas caracterizadas por una especial insularidad. En el panorama nacional e internacional. Es que desde sus años escolares tuvo la suerte de estar en contacto con las maestras María M. Antelo y Bell Clavelli, que entendieron, como pocas, la necesidad de adiestrar a los niños a través de la práctica en las artes visuales, en una orientación pedagógica audaz. No para crear pequeños pintores sino como una extensión de la sensibilidad. Encontraron en Gamarra y otros (formó un trío con Jorge Carrozzino y Mario Spallanzani) un terreno fértil para, al mismo tiempo, ser ilustradores de la revista escolar «El grillo» (1950-52), muy estimada más allá de los ambientes específicos de la enseñanza primaria.

Habituado a frecuentar papeles y colores, ya adolescente Gamarra ingresó a la Escuela Nacional de Bellas Artes y también allí encontró en Vicente Martín un profesor comprensivo y abierto para estimular y desarrollar su capacidad expresiva. Los inevitables viajes de estudio a las bienales de San Pablo, a partir de la década del cincuenta, y en particular la visita a la extraordinaria segunda edición de 1953 presidida por «Guernica» de Picasso y retrospectivas de Paul Klee, Alexander Calder, Henry Moore, los movimientos cubistas y futuristas, ampliaron el conocimiento de las vanguardias históricas y, casi naturalmente conformaron, en contacto directo con originales famosos, su personalidad. Con un bagaje cultural satisfactorio, fue becado a Brasil, y en Río de Janeiro estudió grabado con Johnny Friedlaender y pintura con Iberé Camargo, dos maestros que marcaron su futura orientación.

Su talento no demoró en manifestarse con rotunda originalidad. Los movimientos geométricos entraban en su ocaso a fines de los cincuenta y en escena artística irrumpía el informalismo. La libertad operativa de la nueva corriente desalojaba la asepsia constructiva y la dependencia racional, que involucraba entre sus antecedentes personales, nombres conocidos por Gamarra, en especial el sistema de signos de Paul Klee y, sesgadamente, el inocultable referente torresgarciano en más de un aspecto. Ya en Montevideo, el alemán Hans Platschek, residente por algunos años, había evidenciado la influencia del creador alemán en su propia pintura y acompasando a colegas mayores (Washington Barcala y Jorge Páez) y de su generación (Nelson Ramos), Gamarra comenzó a formalizar un universo plástico propio que sintonizaba con la sígnica europea (Joan Mirò, Karel Appel, Julius Bissier, Jean Degottex) y estadounidense (Mark Tobey), entre otros.

Pero Gamarra impuso su sello distintivo. Sin especulaciones teóricas, su formidable intuición y su seguro oficio lo condujo en su primera muestra individual, a la temprana síntesis vivencial de vida y arte. Con total convicción obtuvo de las cálidas y variadísimas tonalidades ocres, del carácter matérico extendido sobre el soporte de tela o papel, el punto de partida para composiciones surcadas por pequeñas figuras que remedan representaciones infantiles, garabatos y signos gráficos arquetípicos de las pinturas rupestres nacionales (flechas, círculos, triángulos, soles, lunas) más el agregado de palabras y números, incluyendo su propio nombre, en una dinámica fuertemente emotiva. La superficie era horadada por el cabo del pincel y los surcos en la materia convocan un espacio complejo de microformas germinales de suntuoso virtuosismo y atrapante poder suasorio. Un período que aún hoy, en revisiones esporádicas aisladas, concita el asombro y la admiración. A partir de 1963 Gamarra se radicó en París y su obra adquirió otros rumbos. Pero esa historia es otra historia.

 

La Toscana en fotografía

En el Espacio Cultural Palacio Santos del Ministerio de Relaciones Exteriores, Cuareim 1370, se habilitará, el jueves a las 18.00 horas, la muestra «Toscana». Consiste en una cuidada selección de imágenes del célebre archivo fotográfico Alinari que, arrancando en el siglo XIX hasta hoy invita a recorrer la Toscana, una de las más famosas regiones de Italia, a través de tres capítulos: La Tierra del Arte, centrada en las históricas ciudades de Florencia, Lucca, Pistoia, Pietrasanta, Pisa, Livorno, San Miniato, Siena, Arezzo y Cortona, sus monumentos, museos y el paisaje cercano, El paisaje rural y La industria y oficios. Imágenes que ilustran un importante catálogo de 139 páginas.

La exposición está dedicada a Juan Alberto Capurro (1841-1906), ingeniero proyectista del Palacio Santos, actual sede del Ministerio de Relaciones Exteriores. Capurro visitó Florencia y se inspiró en el Palacio Pandolfini para su proyecto del Palacio Santos.

 

Dos fotógrafos uruguayos

«Red de miradas», de Juan Angel Urruzola, es muestra fotográfica que se inaugura el miércoles a las 19.30 horas en el Centro Cultural Dodecá, San Nicolás 1306. El viernes, «Políticos», de Leo Barizzoni en Foto Club de Uruguay, Ejido 1444, a las 19.30.

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