Arte

Curitiba, ciudad ecológica

Es un paradigma de ciudad cuidadosa del medio ambiente. No fue fácil convencer a tribunales, administraciones y a los propios ciudadanos desconfiados de los cambios. Pero la audacia de Jaime Leirner, joven arquitecto de 33 años, impulsor de la acupuntura urbana, intendente municipal en 1971, transformó a Curitiba en 72 horas. Aunque parezca increíble. Un viernes de tarde, al cerrar los tribunales que podrían impedir su accionar, comenzó a peatonizar el centro de la ciudad con un ejército de obreros y lo logró antes del mediodía del lunes siguiente: en esas 72 horas cavó pozos, pavimentó calles, plantó árboles y flores. Durante 11 años de gestión continuada, dio un rostro nuevo al barrio histórico y céntrico. Otra tarea, el mantenimiento. Al principio, las personas se llevaban las flores para su casa. Las volvió a plantar hasta que, pacientemente, la educación y el respeto se impusieron. Siguieron las modificaciones en el transporte público, las sendas para bicicletas y las paradas de ómnibus adaptadas para discapacitados y mayores de edad que, a partir de los 60 (sí, sesenta años) viajan gratuitamente todos los días. El tránsito se hizo fluido y los automóviles particulares disminuyeron su circulación. Hoy, Curitiba (en guaraní, «lugar de los pinos») cuenta con 30 magníficos parques y 350 plazas con jardines donde, como en las capitales europeas, no se ve el rastro de un boleto u hoja de árbol en el suelo. Cada ciudadano dispone de 52 metros cuadrados de área verde mientras que lo recomendado por las Naciones Unidas alcanza apenas a 16 metros cuadrados. Realmente, una ciudad para vivir.

Hay lunares, claro. Si bien los asentamientos existen, son menores que en Montevideo, los (pocos) sin techo o drogadictos duermen al pie de un monumento o en algún portal. Y no escasean los mendigos y los carritos recolectores de basura, pero diseñados de tal forma que no se ve el contenido: nada de caballos o bolsas colgando. Y la vigilancia policial se advierte de inmediato: no pasean como turistas sino que tienen la mirada alerta y vigilante.

Es cierto que en apenas tres días de visita a Curitiba es imposible profundizar sobre su realidad, pero la primera impresión, los datos obtenidos y los diálogos con sus habitantes, permiten confirmar la calidad de vida en una urbe que araña los dos millones de habitantes y donde las multinacionales acuden en legión gracias a incentivos fiscales. Con un Instituto de Planificación Urbana como elemento supervisor independiente y permanente y una universidad dedicada a la educación ambiental, con una arquitectura ecléctica e indefinida y algunos hermosos edificios como el recién remodelado art-nouveau de la prefectura y los pocos que rememoran los tradición lusitana quizá por la presencia de fuertes comunidades polacas, ucranianas, alemanas e italianas que dejan su folclórica huella visible. Entre los numerosos museos, se destacan el de arte contemporáneo por su encantadora sede, al igual que el Solar do Barao, el Memorial, de arquitectura contemporánea y el de Oscar Niemeyer, una espectacular extravagancia antimuseística, con un pobre acervo de arte brasileño (cuadros menores de Portinari, Di Cavalcanti y Guignard), una sola foto de Sebastiao Salgado, Mário Cravo y Joao Ripper, a los que se incorporaron, inexplicablemente, dos grabados (Sueño y mentira de Franco) y varias cerámicas de Picasso y una xilografía de la uruguaya Leonilda González (Novias enojadas).

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