JUAN CARLOS MARECO "PINOCHO": UN SEMBRADOR DE OPTIMISMO
Juan Carlos Mareco fue el representante de una televisión y una radiofonía de estilos y lenguajes muy diferentes a los de la actualidad, al locutor, humorista, imitador, actor y cantor de tangos se lo recordará por siempre por apelar a desenfundar la sonrisa del público sin caer en las groserías, las malas palabras o la burla al otro.
En Página/12, Emanuel Respighi recuerda que entre los trabajos que marcaron una época en la cultura argentina, «Pinocho» alcanzó popularidad por haber sido durante años el presentador de El show del Topo Gigio (personaje al que inclusive llegó a prestarle su voz). Con El show de Pinocho, incluso, llegó a arañar los 60 puntos de rating, inmortalizando frases como «azul quedó» y «nunca más se supo».
Aunque ya en su Carmelo natal gustaba imitar a distintas figuras del espectáculo, al egresar del Liceo Naval, Mareco viajó a Montevideo a estudiar Derecho.
Al poco tiempo ya estaba trabajando en la radio. Como su padre no quería saber nada con que abandonara la carrera de abogacía, Arthur «Wimpy» Núñez García, su tutor artístico, le propuso zanjar el problema con un seudónimo. Así fue que adoptó el de «Pinocho», en homenaje al muñeco creado por Gepetto.
La repercusión que sus personajes y chistes alcanzaron en la radio uruguaya lo llevaron a que Wimpy le consiguiera un trabajo en radio Mitre. Tras un paso por radio Splendid, a comienzos de la década del cincuenta le llegó su programa propio con Pinocheando, por Rivadavia.
Su primer éxito en la pantalla chica fue en Canal 7, cuando en 1954 llevó adelante Gran Hotel Panamá, que fue seguido por La noche con amigos y Los amigos del tango. El pico de popularidad lo consiguió en los 60, cuando condujo El show de Pinocho, ciclo que marcó su debut en la TV uruguaya en 1961. En 1966 Mareco cruzó la cordillera y se instaló en Santiago de Chile, donde animó Casino Philips con éxito. El regreso a Argentina no podía ser más auspicioso: con El show del Topo Gigio hizo uno de los programas más recordados. Luego se sumarían El tango del millón, Tango y goles, Homenaje, La feria de la alegría Cordialmente, La punta del ovillo, El show de Mareco y Viejos son los trapos.
Entre 1974 y 1982 se tuvo que refugiar en Rosario porque nadie le ofrecía trabajo y el fantasma de la censura lo acechaba. Esos años se las arregló como pudo: vendió heladeras, fue productor de seguros y hasta aprendió yiddish para animar fiestas judías. Recién en 1983, paralelamente con la apertura democrática, pudo volver a trabajar en Buenos Aires.
El teatro de revista lo acogió durante más de una década. En el cine trabajó en La cigarra está que arde, Una ventana al éxito, Una americana en Buenos Aires, Su seguro servidor, El patio de la morocha, ¡Qué hermanita! y El otro yo de Marcela.
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