El derecho a un lugar en el mundo
La disputa territorial entre israelíes y palestinos, que ya provocó guerras de gran escala y un permanente estado de beligerancia en la región, sigue siendo una asignatura pendiente para la comunidad internacional.
Los avances logrados por ambas partes, suelen tropezar con posiciones radicalizadas y con los intereses geopolíticos de las potencias extranjeras.
La paz dista de ser una expectativa cierta y el precio más caro de esa situación suelen pagarlo los civiles, asolados por bombardeos, cortes de suministros, hambrunas, enfermedades, aislamiento y otras modalidades de violencia.
El cine se ha ocupado recurrentemente de este conflicto, interpretando el sentir de millones de personas, transformadas, a la sazón, en auténticas prisioneras de la prepotencia y el abuso del poder.
En «El árbol de Lima», el realizador israelí Eran Riklis construye un friso histórico y humano impactante, que denuncia las graves consecuencias de la tensión imperante en la turbulenta región.
El filme, que fue galardonado con el Premio del Público en el Festival de Berlín, narra la historia de Zalma Zidane (Hiam Abbass), una viuda palestina de 45 años, que posee un vasto jardín de limoneros.
No es casualidad que este removedor drama esté ambientado en Cisjordania, región disputada por Jordania e Israel donde se alza el ominoso Muro de la Vergüenza, que separa a las poblaciones palestinas de los asentamientos judíos.
La mujer, que padece su soledad como si se tratara de una sentencia por la lejanía de sus hijos y la ausencia de afecto, se ve imprevistamente enfrentada a una situación que la desborda, cuando el ministro de Defensa israelí se transforma en su vecino.
En esas circunstancias, el lugar se convierte en una suerte de cuartel ocupado por tropas armadas y agentes del servicio secreto. También se erigen inmensas torretas de vigilancia y se instalan alambrados de púas, circuitos cerrados de televisión y células fotoeléctricas, para prevenir eventuales ataques de guerrilleros palestinos.
Aunque se siente vigilada las veinticuatro horas del día, la protagonista no parece inmutarse ante lo que está sucediendo. Sin embargo, todo cambia cuando el ejército de ocupación resuelve talar su bosque de limoneros, aduciendo que puede operar como camuflaje para perpetrar atentados contra la casa del alto jerarca.
El paradisíaco parque, que tanto ha cuidado la viuda junto a un anciano jardinero de su confianza, se trasforma en el nuevo epicentro de un conflicto político y territorial jamás dirimido.
Los hermosos limoneros, además de ser su medio de subsistencia, tienen un superlativo valor afectivo que se remite a varias generaciones. Por ende, la concreción de la anunciada tala supone amputar la propia identidad de la atribulada mujer.
En esas circunstancias, el relato reorienta su curso hacia los estrados judiciales, cuando la protagonista con el asesoramiento legal de un joven abogado que se transforma en su amante acude al tribunal supremo israelí para solicitar la revocación de la medida que atenta contra su propiedad.
Eran Riklis sabe administrar las tensiones de este contencioso que trasciende a lo meramente legal, para erigirse en una auténtica batalla por la dignidad y la reivindicación de los derechos humanos.
En efecto, el talentoso realizador desestima de plano las largas audiencias, concentrando su planteo en lo realmente sustancial: el derecho de una mujer que padece la usurpación de su tierra natal a conservar su propio espacio de vida.
Esta es una historia de personas solitarias, que proyecta la confrontación palestino-israelí en conflictos domésticos en los cuales también existe una disputa territorial.
«El árbol de Lima» es un filme agridulce, que denuncia la intolerancia y la prepotencia, mediante una escritura de superlativo vuelo poético y reflexivo, que soslaya deliberadamente la habitual crudeza de la guerra.
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