LLEGO A SU FIN EL FESTIVAL DE TEATRO DE PORTO ALEGRE

El fin de fiesta con «Quartett» produjouna mezcla de deslumbramiento y desolación, como esos salones donde, ya terminado el baile, bajo las luces aún encendidas, un pianista somnoliento se demora sobre las teclas y pensamos si no habremos bebido demasiado.

«Rainhas» (*), sobre «María Estuardo» de Schiller, dirección de Cibele Forjaz (Sao Paulo) en el teatro San Pedro. La obra muestra el penoso efecto de las obras en segundo grado, referidas a otras obras o a la historia, escritas con impávidas improvisaciones. El resultado es que son intercambiables, que es casi lo mismo Juana de Arco que Plinio Marcos, que las escribe el mismo industrioso Sr. Lugar Común. «Rainhas» es monótona, mecánica, aburrida, llena de veleidades y caprichos, sin ideas ni dialéctica pero con ocurrencias lamentables, como pedirle a alguien del público, alargándole un cuchillo, que mate a María u organizar una ridícula votación sobre si ella debe morir, con votos en forma de bolillas de colores que luego se pesan en una balanza de precisión. La actuación es también monótona, etcétera.

«In Paradisum» (***), coreografía de James Kudelka, dirección de Laurence Lemieux (Canadá) en el teatro Renascença, demostraría, si no la hubiera precedido el admirable «Crépuscule des océans», de Daniel Léveillé, el altísimo nivel del ballet en Canadá. Kudelka se inclina a lo dramático y arma historias emocionantes; Léveillé parece más abstracto; ambos cortejan la excitación de lo difícil, como cuando los bailarines, hombres y mujeres, danzan vestidos de polleras largas hasta el piso. La obra consta de episodios independientes, con un intervalo luego de la primera hora; la riqueza de la imaginación de Kudelka en disímiles temas, vestuario y figuras harían creer que «In Paradisum» es la creación plural de varios artistas.

«Quartett» (**), de Heiner Müller, dirección de Robert Wilson, con Isabelle Huppert y Ariel García Valdés (Francia, teatro del SESI) es un teatro alambicado y redestilado. Las guerras singulares de «Las relaciones peligrosas», del coronel Laclos, un escéptico experto en balística de cañones, pasadas por Heiner Müller, esgrimista e inquisidor, son al fin intervenidas por el director Robert Wilson (Waco, Texas, 4 de octubre de 1941) con la artillería pesada. Wilson es un personaje extraordinario. Casi escribimos un artista extraordinario, afirmación defendible. Aparte de su labor como artista plástico (en 1993 ganó un León de Oro por una «instalación» en la Bienal de Venecia), vertiente muy visible en esta escenificación, es coreógrafo y colaboró en la ópera «Einstein en la playa», con Philip Glass. Quizás el descomunal trabajo artístico que demandó esta puesta en escena es demasiado visible y se ven las costuras; quizás Wilson deja en este lujoso obsequio la etiqueta con el precio. «Quartett» es una fuente continua de signos de admiración, desde el telón de fondo que se ve al entrar al teatro y que reproduce el «Concert champêtre» de Frans Wouters, hasta las últimas coheterías que destacan en la oscuridad a Isabelle Huppert, sobremaquillada y blanquísima, con su hermoso traje azul y su estrafalario peinado que recuerda al de los locos de Marat – Sade. Cuando nos enteramos de que fueron necesarios cuatro contenedores y treinta y nueve operarios para esta puesta en escena mínima, que no es más una brillante nota al pie de la inagotable novela de Laclos, hay algo que nos resulta disonante. «Quartett» tiene la frialdad de las superproducciones. Así como el arte consiste en hacer lo máximo con lo mínimo, Wilson, deliberadamente, hace poco con muchísimo. Los quince primeros minutos en silencio son una muestra apabullante de inventiva; las frases repetidas por Huppert que siguen, tiradas sin expresión alguna y a gran velocidad (y que han de valorizar, por contraste, líneas ulteriores), llegan en medio de maravillas plásticas y sonoras; pero hacia la primera media hora nos cansamos de curiosear en esta fabulosa juguetería. Las palabras de Müller, siempre agudo y cuestionador, siguen siendo disparadas hacia la platea como dardos; pero nos distraemos con la arquería y no nos llega el impacto. El efecto de extrañamiento, sorpresa y desconcierto que propugnaba Brecht, está logrado; pero está logrado por demás. Diremos de Robert Wilson lo que escribió Vaz Ferreira de ciertas ideas, que son como las cometas: cuanto más alto vuelan, más lejos están de la tierra.

 

Premios Braskem

El 21 de setiembre se entregaron en el teatro Sao Pedro, con interludios musicales de Nico Nicolaiewsky y sus músicos, los premios Braskem a los mejores artistas de Rio Grande del Sur que intervienen en este festival. Concursaron «A Arca de Noé», «A vida sexual dos macacos», «Desvario, Ditos e malditos», «Marleni», «Mulheres fortes en corpos fragüéis», «O bairro», «O méico a força», «O sobrado» y «Teresa e o Aquário». El premio al mejor espectáculo, tanto el del jurado como el del voto popular, fue para «O sobrado» (La planta alta) sobre novela de Erico Verissimo, por el grupo Cerco, dirección de Inez Alcaraz Marocco, el premio al mejor director fue para Zé Adao Barbosa, el premio al mejor actor fue para Daniel Colin por «A vida sexual dos macacos» y el premio a la mejor actriz lo obtuvo Araci Esteves, por su interpretación de Marlene Dietrich en «Marleni».

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